diumenge, 8 de maig de 2011

Relatos blasfemos I: "Un cementerio de mariposas"

        D'uns mesos ençà tinc prou de temps lliure i ara, degut a circumstàncies famiiliars, més encara. Vull dir, que no tinc excusa (o encara no n'he trobat) per a no escriure. I com estic pensant, tot considerant-ho amb raó i seny, que tinc més vida al passat que al futur, trobe que és hora de donar forma a algunes històries que tinc pel cap. 
        Fa prou de temps vaig escriure un poema fals. Fals perquè presumia una distància encara inexistent. Deia així:
                           
                                            Sodoma y Nazaret, infancia 
                                            de nácar, a la vuelta
                                            del tiempo comprendido.

        Potser ara el distànciament amb aquell món que vull reflexar en aquests "Relatos blasfemos" siga suficient com per a comprendre-lo.
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se les queda mirando con un gesto de súplica en los ojos. Uno de ellos, sudoroso, jadeante, se vuelve a él y le pregunta:
—¿Quieres jugar?
—Bueno. 

Ignacio Aldecoa, Hasta que llegan las doce.


                                                            cesó todo, y dejéme, 
                                                            dejando mi cuidado, 
                                                            entre las azucenas olvidado.

San Juan de la Cruz, Noche oscura


Un cementerio de mariposas 
Jesús Párraga Serrano
 I
        A mediados del verano, jugando en un solar lleno de escombros, mi hermano mató un gorrión. La verdad es que fue sin querer: le tiró una piedra muy desviada con la mala suerte, para el pájaro, de que rebotó y le acertó en el cogote. Corrí a levantarlo del suelo y la cabeza se le caía a un lado y al otro del cuerpecillo todavía caliente.
        —¡Le has roto el cuello!, ¡Qué puntería!
        —¡Qué va! Si no quería darle. Ha sido de casualidad.
        —¿Es una golondrina?
        —¿Qué dices? ¿No ves que es un gorrión?
        —¡Ostras! Y si hubiera sido una golondrina qué…
        —Qué de qué…
        —Que una vez don Carlos dijo que es un pecado muy gordo matar o comer golondrinas porque tienen espinas en vez de huesos y con esas espinas hicieron la corona de Nuestro Señor.
        —¡Bah!
        No sabíamos qué hacer con el cadáver del gorrión y, al cabo, lo enterramos con gran ceremonia en un funeral como es debido. Dudamos, sin embargo, si ponerle o no una crucecita sobre el túmulo minúsculo.
        —No, hombre, no, que los bichos no tienen alma.
        —¡Ah! ¿No?
        —¡Que no!
        Algunos días después lo desenterramos con la idea de encontrar un esqueleto o, en todo caso, miles de gusanos devorando los restos del pajarillo, pero sólo estaba cubierto de hormigas negras.
        Cuando les conté el suceso a los otros niños de nuestra calle, a alguno se le ocurrió confeccionar un cementerio de mariposas, mucho más fáciles de cazar que los gorriones y muy abundantes aquel verano en que cumplí once años.
        Acotamos un cuadrado de terreno y comenzamos a llenarlo de mariposas muertas. Para matarlas utilizábamos la propia tumba: al mediodía hacíamos un agujero en la tierra y metíamos dentro la mariposa; después tapábamos herméticamente el agujero con algún vidrio de los que abundaban por todas partes (fragmentos de botellas rotas sobre todo) y nos sentábamos para verla morir.
         —¿Por qué se mueren?
        —Porque el vidrio hace de lupa y los rayos cósmicos gamma ultravioletas las van quemando poco a poco.
        —¡Qué dices! Es que se quedan sin oxígeno.
        —¡Sí, hombre! Las mariposas no respiran.
        Fuese por una causa o por otra, lo cierto es que, después de aletear un rato más o menos largo, la mariposa se quedaba inmóvil y se moría. Discutimos por la ordenación, simétrica o azarosa, del cementerio sin llegar a ningún acuerdo y cada cual distribuía a su aire los reflejos blancos, marrones y verdes de las tumbas, pues aquel a modo de lápidas que las cubrían unas eran de botellas de cerveza “El Águila”, otras de agua de “Solares” y otras de vete a saber qué.
II
        No duró mucho el interés compartido por aquel entretenimiento y, a la hora de la siesta, como mi hermano se quedaba en nuestro cuarto escuchando canciones de una cinta de Deep Purple, me iba a jugar solo al cementerio.
        El ignorante que negaba la respiración de las mariposas solía aparecer por sorpresa y se burlaba de mí.
        —¡Y el sepultureeeeero! —gritaba el muy imbécil.
        —No eres más tonto porque no te entrenas.
        Aquel tonto desentrenado se llamaba Migue y andaba cerca de los trece años. Como era algo bajito tenía muy mala leche y era conveniente no mostrarle miedo porque entonces te hacía la vida imposible. Lo malo es que mi madre y mi padre nos tenían prohibido decir palabrotas (sobre todo a mí) y era muy difícil insultarle para mantenerlo a raya con palabras como “tonto” o “gilipichis”.
        Migue era nuevo en mi calle. Llegó de Almería al final del curso y lo metieron en mi clase (aunque era más mayor) por su estatura y porque hablaba con la nariz y el paladar en lugar de hacerlo con la lengua.
        Aquella vez se sentó a mi lado frente a las mariposas muertas y me preguntó:
        —¿Y tu hermano?
        —Ahora baja —le contesté mientras empezaba a preparar una tumba—; enseguida.
        Lo de “enseguida” venía a que la proximidad de Migue me incomodaba y a que él temía a mi hermano desde que un día se metió conmigo y le pegó una paliza. Yo estaba meando en la acequia, espantando a las ranas y los renacuajos y el Migue no paraba de mirarme:
        —Qué pequeña la tienes, chaval, y qué rara.
        —Tú sí que eres raro enano de mmm…
        —¡Quién es enano, cabrón! —me gritó el muy borde mientras me empujaba. Y casi me caigo a la acequia con el pito al aire. Menos mal que mi hermano siempre estaba cerca y lo agarró por el cuello, lo tiró en tierra, se sentó encima de él, se lió a puñetazos y le dijo:
        —¡Mariconazo! ¡Como te acerques a mi hermano te arranco la cabeza y te la meto por el culo! —lo de la cabeza y el culo creo que lo sacó de una película de Bud Spencer. Pero el caso es que, desde entonces, el Migue se andaba con cuidado…
        —Así que baja enseguida ¿eh?
        —Ahora mismo.
        —¿Tú quieres ser de mi banda? —me preguntó de pronto mientras me ayudaba a escarbar con sus uñas renegridas.
        —¿Qué banda? —pregunté yo a mi vez, intentando mezclar, a partes iguales, desprecio e indiferencia.
        —Estoy haciendo una banda —dijo él sin levantar la vista del gua—, pero para entrar hay que pasar una prueba…
        —¡Pues vaya! —le dije mientras me alejaba fingiendo buscar trozos de vidrio.
        —¡…y tú no tienes cojones!
        “Pero tengo a mi hermano, payaso” —pensé yo.
        Aunque, a decir verdad, mi hermano andaba un poco raro y despegado desde hacía varios meses. No digo que no estuviese conmigo casi todo el tiempo pero… Por ejemplo, un día se hartó de mis respuestas a don Carlos y me prohibió que le acompañase a la catequesis de Confirmación. Es que yo sabía contestar a todas las preguntas sobre el Evangelio y se conoce que los otros chicos le dijeron que no me dejase entrar porque los dejaba en evidencia. Y eso que a ellos les daba igual, que hasta le vacilaban a don Carlos. Así que durante las charlas me quedaba en la iglesia o fuera, en la calle, esperando a que bajase. Las chicas no tenían la catequesis en la misma clase que los chicos y, al salir, se juntaban todos en la puerta de la iglesia para hacer estupideces. Una vez, entre tres chicas, zarandearon a mi hermano y le tiraron del pelo. Yo pensé “las va a machacar a host…, a tortazos”. Pero en vez de eso salió corriendo mientras se reía y se ocultó detrás de sus amigos. Ya digo que estaba desconocido. Además, algunos domingos no me acompañaba a misa y  por la tarde no me dejaba ir con él al cine. Y como mi padre había hablado con el encargado de la fábrica para que empezase a trabajar después del verano, a veces me decía:
        —Mira, yo ya he acabado la escuela y voy a empezar a trabajar. No te voy a llevar conmigo a todas partes… ¡Y deja ya de enterrar mariposas, que pareces tonto!
        ¡Es que no se me ocurría otra cosa que hacer! El Gordo, Chimo y Juanín andaban siempre detrás del Migue con un perro callejero canijo que habían encontrado Dios sabe dónde y yo procuraba no juntarme con ellos sin que estuviese cerca mi hermano porque se alejaban mucho entre los campos y vete a saber qué hacían.
III
        Entretanto, el cementerio de mariposas iba creciendo como un puzle de figura incierta. De unos lados, ordenado, de otros, caótico; unas tumbas cubiertas con gruesos cristales y otras con vidrios más frágiles, restos de ventanas rotas; algunas eran pequeñas y otras más grandes, según el tamaño de la mariposa correspondiente… Pasaba tardes enteras sin ver a la banda del Migue quien parecía haber perdido interés en hostigarme o en cazar mariposas, volcado como estaba en explorar el extrarradio con sus secuaces y el perro asqueroso que les seguía a todas partes. Sólo el Chimo, de vez en cuando, me traía noticias de “La banda” y la crónica de las hazañas de su jefe:
        —¿Sabes qué?
        —¿Qué?
        —Que al padre del Migue lo mataron en la cárcel.
        —Qué dices…, si se murió de cáncer de hígado que se lo pegó otro borracho por beber en  la misma botella…
        —Pues el Migue dice que no, que eso es lo que dice su madre para que la gente no sepa que su padre estuvo en la cárcel, que lo metieron por matar a un gitano de una puñalada.
        —¡Sí! ¡Ya! Y yo voy y me lo creo…
. . . . . . . . . . . . . .
        —¿Sabes qué?
        —¿Qué?
        —Que el otro día nos peleamos con unos del Camino Viejo…
        —¡Pues vaya!
        —…llegamos cerca de la presa de la acequia grande y al Gordo lo habían agarrado dos del Camino Viejo. Uno lo tenía cogido del cuello y otro le había bajado los pantalones. Entonces el Migue se puso a chillarles “¡Eh, hijoputas! ¡Dejad a ese chaval ahora mismo!”. Y los otros va y dicen: “¡Ven tú, si tienes huevos y nos obligas!” Y entonces el Migue y yo echamos a correr hacia ellos…
        —¿Y Juanín no fue?
        —¿Juanín? Juanín es un cagao y se quedó atrás.
        —Y por qué no les azuzasteis al perro.
        —¿El perro? ¡El perro es más cagao todavía que el Juanín! En cuanto nos vio correr y gritar se largó con el rabo entre las patas.
        —¿Y luego…?
        —Pues yo y el Migue nos liamos a hostias y uno de ellos se escapó y al otro lo cogimos contra el árbol gordo entre los dos… Y el Migue ¿sabes qué?
        —¿Qué?
        —Que sacó una navaja y se la puso en el cuello al del Camino Viejo y le dijo, dice: “¡A este chaval no lo toca nadie más que yo y si te veo otra vez por aquí te la clavo en los ojos!”
        —¡Ostr…! ¡Hostia, tú! ¿Y el Gordo qué hacía?
        —¿El Gordo? ¡Nada! Sentado en el suelo, llorando, con los pantalones en los tobillos y los calzoncillos llenos de tierra. Si hasta el Migue le dijo, dice: “¡Gordo!, ¿Quieres que lo raje a éste?” Y el Gordo le dijo que no, que lo dejara que se fuese.
        —¡Jopet…! ¡Joder, macho!
IV
        Durante los días siguientes les veía pasar, por la tarde, más allá de la acequia pequeña, al lado del cementerio de mariposas, hasta perderse tras el árbol gordo, cerca ya de la acequia grande. El perro seguía con ellos pero al Juanín no lo veía. Seguro que había dejado de ir con la banda del Migue. Aunque lo cierto es que tampoco aparecía por el kiosco Poveda, ni por los futbolines Tauro. En cuanto pude le pregunté al Chimo:
        —¡Oye, tú!
        —¿Qué pasa?
        —¿Has visto al Juanín?
        —¿Qué quieres tú del Juanín?
        —¿Yo? ¡Nada!
        —¿Entonces?
        —¿Es que ya no va con vosotros?
        —No. El otro día el Migue se fue con él hasta la cabaña del guarda y cuando volvieron el Migue le dijo que era un marica y que no lo quería en su banda y que mejor que no se lo encontrase por la calle.
        —Y el Juanín qué dijo.
        —¿El Juanín? ¿Ese marica? ¡No dijo nada! Se calló como una puta y se fue a su casa.
        —¿Y qué hicieron en la cabaña del guarda?
        —Eso no lo sé. El Migue se va allí algunas veces solo, o con el Gordo, o con el perro. Yo paso. Pero si quieres saberlo pregúntaselo a él. Mañana nos vamos a dar una vuelta hasta el árbol gordo; que el Migue dice que vamos a castigar al perro por ser un cobarde y un rajao. Si quieres, te vienes con nosotros.
        —Es que el Migue dice que para ser de su banda hay que pasar una prueba…
        —¡Bah! ¡Si es una chorrada!
        —Vale, pero, qué es.
        —¡Y una mierda te lo voy a decir! Si quieres saberlo te vienes mañana con nosotros, capullo.
        —¡Capullo tu padre!
        —¡A que te meto una hostia!
V
        Al otro día, a pesar de que el verano estaba casi por terminar, el sol parecía rabioso y estuvo quemando, toda la mañana, a las mariposas muertas. Hacia las tres de la tarde bajé a ver el cementerio y pensé que, aunque muy pequeños, los cuerpos en descomposición de las mariposas producirían algún tipo de gas (sobre todo con aquel calor que metalizaba el cielo) y que, por la noche, se desprenderían de las tumbas fuegos fatuos.
        —¡Y el sepultureeeeeeero! —oí de pronto a mi espalda, en la voz gangosa del Migue.
        —¡Joder, qué mierda de tío! —grité yo, asustado de mis propias palabras porque pensé que el Migue me iba a partir la cara.
        Pero el Migue no pareció molestarse. Venía con el Chimo, que llevaba al perro atado por el cuello, con una cuerda que seguramente procedía del tendedero de su madre.
        —¿Qué pasa? —dijo el Migue— ¿Te vienes a dar una vuelta con nosotros?
        —No sé —contesté— ¿A dónde vais?
        —¡Venga tío, a mí no me vaciles! —cortó el Chimo— Ya te dije ayer que íbamos a ir al árbol gordo a escarmentar a este hijoperra —y diciendo eso tiró de la cuerda de plástico azulón que apretaba el pescuezo del perro hasta levantarlo del suelo. El animal empezó a chillar e intentaba huir pero el Chimo se puso a darle patadas mientras seguía gritándome:
        —¡Así que, si quieres, te vienes y, si no, te quedas aquí con tus mariposas, pero deja ya de dar por culo!
        El Migue permanecía callado, mirándome, como si ya supiese mi respuesta:
        —¡Vale, vale! ¿Y el Gordo? ¿No viene?
        Echamos a andar mientras el Migue me informaba de que el Gordo ya estaría en el árbol. Saltamos la acequia pequeña, que entonces iba casi seca, y poco después miré hacia atrás. El Chimo daba fuertes tirones a la cuerda, a pesar de que el perro apenas se resistía a caminar. Tras él aún se veían brillar las pequeñas tumbas.
        —¿Vais a matar al perro? —pregunté.
        —¡Joder con las preguntitas! —refunfuñó el Chimo—. Tú estás un poquito tocao ¿no?
        El Migue caminaba deprisa y en silencio delante de nosotros.
       Entre la acequia pequeña y el árbol gordo apenas había una tabla de tierra en barbecho, dura y polvorienta, que, al recorrerla, no me pareció tan extensa como había imaginado desde el cementerio de mariposas. Sirviendo de linde al bancal, el árbol gordo hundía sus raíces en un montículo desde el que se veía la acequia grande con sus exclusas y, a lo lejos, la cabaña semiderruida que, decían, era del guarda de aquellos campos.
        El Gordo nos esperaba sentado junto al árbol, al que había atado un alambre de cobre y en el que se apoyaba una vara de hierro de las que se usan en las obras. A su lado había una especie de barreño metálico.
        Con un sigilo casi voluntario, el cielo se había ido oscureciendo mientras nos acercábamos al árbol y cuando llegamos a oír el saludo aflautado del Gordo estaba totalmente negro, taciturno y lleno de grumos:
        —¿Qué pasa, chavales? —dijo el Gordo y, señalándome preguntó— ¿Y éste? ¿Qué pinta aquí?
        —¿Qué pasa? —repliqué— ¿Te molesto acaso?
        —¿Acaso…? —murmuró confuso y agresivo el Gordo acercándose a mí. Pero el Migue se interpuso entre nosotros:
        —Tranqui, Gordi. Tú a lo tuyo. Agarra la barra y la palangana y estate al loro que éste va a atar al perro.
        —¿Que yo qué? —pregunté balbuciendo.
        El Migue me miró en silencio. Se me acercó. Yo no quise retroceder pero sentí que los testículos, con un cosquilleo de desaliento, querían encogerse hasta desaparecer dentro de mi cuerpo.
        —Que amarres al perro te he dicho. ¿O es que estás sordo?
        —Es que…
        —Es que nada, chaval. Nadie te ha obligado a venir con nosotros y si quieres quedarte aquí deja de lloriquear y ata al perro, coño.
        Aunque el Chimo le había quitado la cuerda del cuello, el perro permanecía a su lado olisqueándolo. Me aparté del Migue sin decir nada y tendí la mano hacia la cuerda pensando que, después de todo, no se me exigía una prueba desmesurada.
        —¡Y éste…! —se rió el Gordo—. ¿Qué hace ahora?
        —No te enteras de nada, chaval —me dijo el Chimo ocultando la cuerda a su espalda—. Tienes que atarlo con el alambre.
        Ya no me atreví a protestar. Agarré al perro por el pellejo del cogote y lo llevé hacia la base del árbol. Desde allí se veía la uniformidad negra del cielo: desde el cementerio de mariposas y las primeras casas, a lo lejos, hasta la caseta del guarda y el río remoto hacia el otro lado, todo parecía cubierto por un toldo de silencio y alquitrán.
        Cogí el extremo del hilo de cobre y me dispuse a enrollarlo en torno al cuello del perro pero la voz del Chimo me detuvo:
        —¡Para, tío! ¿Qué haces?
        —¿Cómo que qué hago? ¡Atarlo!
        El Migue se me acercó de nuevo y me hablo en voz baja:
        —Tienes que atarlo por los huevos.
        Pensé negarme y me tembló la barbilla. El Migue sonrió. Busqué la mirada del Chimo, que pareció comprender.
        —Déjame a mí Migue —dijo, apartándolo suavemente. Después se agachó y me tiró del brazo hasta que yo también me quedé en cuclillas. El perro trataba de lamernos la cara a uno y a otro.
        —Mira, ¿sabes qué?
        —¿Qué?
        —Que no pasa nada por tocarle los huevos a un perro…
        —O a otro chaval ¿eh Migue? —interrumpió el Gordo.
        —¡Que te calles, coño! —gritó el Migue y el Gordo enmudeció. El Chimo continuó hablando:
        —…pero si te parece muy difícil, yo te ayudo —y dirigiéndose al jefe de la banda—: ¿Eh, Migue, tú qué dices? El chaval le sujeta los cojones al perro y yo le enrollo el cable… Tampoco pasa nada, ¿no?
        El Migue miró al Chimo, luego al Gordo y asintió en silencio.
        —Venga, tú —me urgió el Chimo mientras se hacía con el hilo de cobre—, aguántale ahí los güitos.
        En un susurro pregunté:
        —Chimo, ¿para qué es la barra de hierro?
        —Tú a lo tuyo, chaval —murmuró el Chimo— lo que importa es que el perro no se mueva…
        El perro no se movía, pero tuve que apartarle la cola, rígida y escondida entre las patas, para sujetarle los testículos. El Chimo manipulaba el cable, como podía, alrededor del escroto.
        —¡Tío! ¡Tira un poco que así no hay manera!
        Yo intentaba no mirar pero quería mantener el tipo:
        —Es muy fino ese alambre ¿no?
        —Lo justo —contestó el Chimo— ¡Joder! ¿Quieres estirar más?
        Sujeté con fuerza las bolitas peludas y el perro se puso a chillar, pero el Migue lo tenía inmovilizado mientras el Gordo blandía la barra de hierro y el Chimo retorcía una y otra vez el alambre.
        El cielo se rasgó en un resplandor blanco y un estampido que estremeció la tierra. Miré hacia arriba y, a la luz intensa del relámpago, los tres parecían transfigurados. El perro había desaparecido. El alambre, con un girón de pellejo, yacía en el suelo y, mi mano, cubierta de sangre, sujetaba los testículos del perro, arrancados de cuajo. El trueno cesó y oí los chillidos enloquecidos del perro que huía. Salí tras él, gritando, y por un segundo supliqué que se parase para devolverle sus atributos. A mi espalda, el Gordo, alborozado, gritó:
        —¡Hostia! ¡No ha hecho falta aporrear la palangana!
        Y el Migue:
        —¡Ahora ya tienes cojones, chaval!
        Y el Chimo:
        —¡Mira a ver si tienen espinas o huesos! ¡Y entiérralos en un nicho de cristal!
        Perdí de vista al perro; perdí de vista todo, porque una lluvia espesa y grasienta me cegaba mientras corría y salpicaba en el polvo del páramo. Al llegar a la acequia pequeña ya todo era barro. La salté y llegué al cementerio de las mariposas sin haber abierto la mano. La lluvia, furiosa, había difuminado las tumbas. Uno de los vidrios más frágiles se rompió y caí entre el fango, los cristales y los cadáveres diminutos. Me quedé en el suelo, ensangrentado, gimiendo y llorando, entre las mariposas muertas, olvidado.

2 comentaris:

Salva ha dit...

Ja que vaig ser potser l'ultim dels "locals" en llegir el conte vull ser el primer en postejar. Vaig viure el mateix lloc uns anys després i potser ja no era tant el Bronx. Els andalusos (inclosos els de El Saucejo), els d'Albacete i el de Conca ja estaven més tranquils i només quedàven el.lements residuals. Per altra part reconec certs trets de la personalitat del meu amic i això sempre és agradable. No sé si et donarán un premi però a este mislatero li ha agradat molt.
Abraçada.

Jesús Párraga ha dit...

Salut, Salva! Quin premi m'han de donar! Res de res. Està vist que no em faré ric amb la literatura, ni amb la política, i per a fer de gigoló no tinc vocació... Què hi farem! En qualsevol cas trobe que he posat en aquest relat massa trets, digem-ne, sociològics quan el que volia era destacar els aspectes simbòlics de l'anècdota: fins i tot, Juanjo em pregunta quan anem pel carrer i veem un grupet de protomascatxapes:
-Papà, eixos xics són com els que eixen al teu conte?
-Fill meu, eixos són els fills. Els del meu conte alguns estan morts i altres encara són a Mislata en els bars o en les associacions de pares...
-Ah!
Doncs, això.
:)
Una abraçada, Salva. (Per cert no he recomentat res de l'entrada "Comunistes" perquè encara estic pegant-li voltes a qui votaré)