dimecres, 13 de novembre de 2013

Apacentarse de viento



Entonces miré cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve, y vi que todo era vanidad y apacentarse de viento y que no hay provecho alguno bajo el sol.
Eclesiastés 2-11


De las malhadadas oposiciones de 1991 surgió el Colectivo de Opositores a la Enseñanza Pública de la Comunidad Valenciana, más conocido entre los (relativamente) más viejos del lugar como el COEP. Este colectivo (no sé si llegó a constituirse en sindicato) agrupaba a los compañeros y compañeras que salieron perjudicados en el (decir kafkiano es poco) rocambolesco y descerebrado proceso selectivo de aquel año. Pues bien, algunos años después, en 1995, el Partido Popular ganaba las elecciones aquí donde vivimos. Y aquí siguen. Que qué tiene que ver una cosa con la otra. Algo habría, porque un dirigente del COEP me comentó por aquellas fechas que el PP había ido colectivo a colectivo, grupo a grupo, casi persona a persona, sumando las voluntades (y luego los votos) de todos los agraviados por el gobernante Partido Socialista lermiano y de todos los císcares. De hecho me comentó que al día siguiente de las elecciones apareció una pintada en la tapia de la Consellería de Educación que aludía al hecho: “ajo y agua”. Bueno, diría otra cosa, claro, pero el sentido era ése. El problema de los opositores rebaremados y recontrabaremados se solucionó y aquí paz y después gloria.
Ahora que, a lo que parece, el PP no ganará las próximas elecciones autonómicas ni con recomendación del CIS y que seremos felizmente gobernados por el tripartito progresista sería conveniente sentarse y repasar, así, con lápiz de dos colores y papel corriente, las reivindicaciones, agravios y vejámenes de cada cenáculo ciudadano agraviado, vejado y reivindicante.
Volvamos al profesorado. Desde el año 2010 dicen los que saben de estas cosas que los enseñantes han perdido en torno al 30% de su poder adquisitivo. Mucha rebaja de sueldo es esa. Si además consideramos que a la rebaja salarial, las sucesivas congelaciones, la pérdida del complemento por sexenios, la pérdida de alguna paga extra, se suma el aumento de ratio en las aulas, el aumento de horas lectivas y complementarias (sin olvidar la pérdida de sueldo por bajas laborales en un colectivo sin enfermedades profesionales reconocidas y el aumento de actividades en julio) tenemos que no sólo se cobra menos por trabajar lo mismo sino que se cobra bastante menos por trabajar bastante más.
La precaria, proletaroide y depauperada situación de los enseñantes, sin embargo, ocupa el penúltimo…  (¡Que va! El último… Qué digo el último, ni existe…) lugar en las reivindicaciones que han movilizado a las masas implicadas en el proceso de enseñanza-aprendizaje en estos últimos años. El profesorado se ha movilizado y ha llevado a cabo varias huelgas (con lo cual ha perdido más poder adquisitivo) de manera recurrente por la “calidad de la enseñanza” (que está muy bien): por las becas de libros, transporte y comedor de los alumnos, por la ley Wert, por la pérdida de la asignatura de Educación para la ciudadanía, por el carácter computable de la asignatura de Religión, por las subvenciones a los centros que separan a niños y niñas, por el cambio en el modelo lingüístico… Por todo, menos por lo que da de comer a su familia. Por la dignidad de la escuela pública pero no por la dignidad de su salario y su trabajo, que queda relegado a un subapartado de allá a lo lejos de la tabla reivindicativa… compañeros y compañeras.
Me parece que, ya que jaleamos las camisetas, los estriptis, los desplantes, las “verdades como puños” y toda la mandanga de la izquierda espectacular que nos ha de gobernar de aquí a nada, sería cuestión de que los sindicatos de enseñantes se sentasen con los que mandan en cada (tri)partido y les dijeran que muy bien, que encantados con su actuación… pero que pongan negro sobre blanco qué piensan hacer para devolver al profesorado (que tanto les aplaude y tanto les quiere) lo que les ha robado el gobierno vigente en descenso de salario y aumento de trabajo. Porque si al final de la película toda la dignidad de la enseñanza se va a quedar en mantener los programas lingüísticos, en la educación para la ciudadanía y toda la polla, si toda va a ser vanidad y apacentarse de viento que lo digan ahora y así se ahorra uno tener que cagarse después en el puto morro de su candidato o candidata progresista.


diumenge, 20 d’octubre de 2013

La precisa gramática del amor. A propósito de La vida secreta de Andrea, de Ana Meliá



« “Señores, ¿os gustaría oír un bello cuento de amor y de muerte?...”

Nada en el mundo podría gustarnos más.»

Denis de Rougemont, citando el Tristán e Iseo de Joseph Bédier,

En El Amor y occidente






Ana Meliá

Nada podría gustarnos más que leer un bello cuento de amor y de muerte, máxime si lo bello del relato viene enmarcado en una estructura de precisión aristotélica: En La vida Secreta de Andrea Ana Meliá nos sitúa en un único espacio, perfectamente delimitado y caracterizado, como escenario del cuento de amor y de muerte (una plaza y un campanario, una fuente y una casa, un cementerio y una tumba); en un tiempo preciso y marcado, el verano, que discurre al compás del tempo del romance desde la mirada primera, a principios de julio, hasta el encuentro cuando “había empezado el mes de agosto” y el descenso hasta la culminación de la historia en el momento en el que “se acercaba el final de agosto, y la noche empezaba a ganar su batalla al día”. Unidad de espacio, unidad de tiempo y unidad de acción (la historia de amor de Andrea) articuladas en un relato en el que, según la expresión saussureana tout se tient: Zafra frente a Valencia, vacaciones frente a curso escolar, julio frente a agosto, la exaltación del amor frente al dolor y el desamor, realidad y sueño…

Creo que la alusión al modelo saussureano no es exagerada si consideramos el evidente isomorfismo entre el “teatro” en el que se desenvuelve la trama y el teatrito de marionetas cuya restauración, así como la de sus muñequitos, la reescritura de la historia inmortal de Romeo y Julieta y la representación final, subyacen a toda la historia como un soporte necesario: la historia arquetípica de amor y muerte es la langue, el sistema abstracto que no necesita ser explicitado porque está en la mente de todos (“todo el mundo conoce el final de Romeo y Julieta”). La historia de amor de Andrea es la parole, la realización concreta de ese modelo eterno. Y, entre Lengua y Habla, sabemos que hay una Norma que exige aprendizaje, investigación, que conocemos de manera fragmentaria hasta que la dominamos plenamente. Andrea sueña y va descubriendo “una historia triste y romántica, como un cuento de princesas”, o como diría José Asunción Silva “la historia triste, desprestigiada y cierta / de una mujer hermosa idolatrada y muerta.” El relato de los amores de Ana y José comparte con el ideal abstracto la oposición de las familias de los amantes, el intenso amor de la juventud, el viaje y la muerte trágica; pero añade toda la simbología normativa romántico-modernista: la caja de música, el anillo, la fuente, el barco, el atardecer, el beso… sólo un beso, la tumba, el ángel de piedra… así como el desengaño y la infidelidad. Hay una misteriosa correspondencia entre la historia de Ana y la de Andrea (reencarnación, parentesco, lo sobrenatural actuante…) pero lo importante es la conciencia cierta del “sentido”: “se mira a sí misma desde muy lejos o desde arriba, con la actitud con que los ángeles observan de forma expectante pero segura, cómo se desarrollan las acciones de una obra cuyo desenlace conocen ya.”

El amor de Andrea, una vez se ha convertido en amor real, ajeno a su mundo de ensoñaciones imposibles, necesita un modelo, cierta normativa. Comparte la intensidad espantosa y contradictoria de aquél que se une con la muerte (“en su pecho latía una tristeza tan profunda, que sentía irresistiblemente hermosas todas las cosas”), comparte el desamparo de Ana pero de una forma más prosaica: el divorcio de sus padres frente al abandono y la orfandad, la lejanía oceánica y la infidelidad de José frente la distancia de Antonio y sus escarceos con Caterina “en el pueblo de al lado”, el tren frente al autobús. Los amores de Andrea son de hoy en día y Andrea no es una “princesa” de clase media venida a menos en el primer tercio del siglo XX ni una doncella medieval… Y sin embargo…

Sin embargo algo nos choca sobremanera. Los personajes de La vida secreta de Andrea (la propia Andrea) no parecen “reales”. Los adolescentes que pueblan el relato están absolutamente “limpios”. En todos los sentidos. Es decir son aseados, educados (“hablaban y reían sin estridencias”) bien hablados (apenas Caterina suelta algún taco), pero no sólo eso, sino que parecen carecer de cualquier adherencia histórica o social: hablan exactamente igual los extremeños que los valencianos, pertenecen todos a una vasta clase media-media-alta (apenas hay una alusión a la crisis ya tan larga que, al parecer, al menos en la novela, a nadie afecta) y la historia pasada se centra en los recuerdos privados (“y antes de que la señora Encarna derivara hacia un tema que no le interesaba en absoluto [la guerra civil]…”)… En fin, en una contemporaneidad como la nuestra, tanto literario-cinematográfica como vivencial, saturada de sexo adolescente, los chicos y chicas de La vida secreta de Andrea se besan… apenas (al menos en escena). Los personajes de la novela (sigamos, aunque sólo sea por deformación profesional compartida con la autora, con el referente lingüístico) parecen “fonemas” perfectos, abstractos, y no “alófonos” mejor o peor articulados, deformados por la pronunciación concreta y real.

No puede ser casual. O ingenuo. O negación de lo (bastante) evidente.

A lo largo de todo este comentario he intentado poner de relieve la estructura rigurosa de La vida secreta de Andrea, mezcla, como se dice en alguna página de “lógica y entusiasmo”. De hecho, en el propio texto se insiste (incluso con carácter “intervencionista” por parte de la voz narradora) en que “todo estaba sucediendo exactamente como alguien había previsto que sucediera”. Creo que la autora controla en todo momento su discurso y que su Andrea, y el resto de adolescentes, son como son porque la autora los propone, conscientemente, como modelo en una última correspondencia: toda propuesta estética conlleva una apuesta ética y la apuesta ética de Ana Meliá, en esta novela, es un mundo en el que las niñas de quince años se enamoran y besan a su enamorado y comparten su bondad con aquél que la necesita, en el que el dolor que produce el amor se ve atemperado por la esperanza de que existe un sentido, en la fe de que, incluso de la piedra fría de la realidad pueden nacer flores.


dilluns, 16 de setembre de 2013

Assumiràs la veu d’un poble... i si no vull?

"...nous sommes bien certains que nous n'avons pas mal à la tête, et que nous ne sommes pas boiteux, mais nous ne sommes pas si assurés que nous choisissons le vrai. De sorte que, n'en ayant d'assurance qu'à cause que nous le voyons de toute notre vue, quand un autre voit de toute sa vue le contraire, cela nous met en suspens et nous étonne. Et encore plus quand mille autres se moquent de notre choix, car il faut préférer nos lumières à celles de tant d'autres."
Blaise Pacal, "Pensées"

I
Banderes en un mateix edifici
Fa anys ja, quan era director d’un IES vaig mantindre una discussió prou estranya amb el meu cap d’estudis. Estranya (o a mi em pareix així) perquè em va retraure que “tu tens la mania de voler convèncer tothom!”. Li vaig contestar que “convèncer”, paraula que per a mi (no sé si és etimològicament correcte) vol dir “vèncer junts”, era la meua obligació. Davant dels nostres iguals hem d’argumentar, donar raons. Evidentment amb el temps vaig necessitar atenció psicològica i el meu psiquiatra em va aclarir la qüestió: “Per a moltes persones un argument equival a un insult, a una agressió. No tenim més remei que viure en societat i el ciment de les relacions socials no és necessàriament la raó”... I, potser, tenia raó. Però per damunt del realisme pessimista del meu company i del meu psiquiatra trobe que tenia més raó encara la meua àvia, senyora andalusa, senequista i sempre vestida de dol quan sentenciava tot negant Hume: “la pasión no quita el conocimiento.” El pathos no pot anul·lar (o no del tot) ellogos, la raó.
I tanmateix no només sembla que pot anul·lar-la sinó fins i tot fonamentar-la. És així que, sobretot en assumptes que afecten la “identitat” (nacional, de gènere, d’orientació sexual...), lanarració substitueix i anul·la l’argumentació com a fonament de la racionalitat moral i política: “jo he patit molt com a dona i per tant l’avortament és un dret”, “quan era menut el mestre em va fotre una hòstia per parlar català i per tant Catalunya té dret a l’autodeterminació”. D’allò se’n diu “fal·làcia naturalista”, però eixe és un altre tema.
Perdoneu l’esquematisme d’aquests entimemes però l’esquelet de les “argumentacions” que estic llegint aquests dies (d’amics, de periodistes, d’analistes diversos, d’una ribera i una altra de l’Ebre) en favor del procés secessionista català traspuen narrativa, pathos, sentiment i, fins i tot, sentimentalisme. Tot ha estat agravi, menyspreu, espoli, humiliació secular de Catalunya per part d’Espanya, una Espanya (o, segons els matisos, una de les dues espanyes) rància, casposa, fosca, opressora, àptera, sorda i cega... Per tantCatalunya té dret a l’autodeterminació.
Explícitament alguns amics han escrit que davant aquesta realitat injusta, que davant la negativa d’Espanya a escoltar la veu del poble català, que davant la realitat evident d’aquesta veu cada vegada més unànime en la demanda d’autodeterminació, que davant de tot això ja no és hora de legalismes, sil·logismes, dret internacional, constitucionalismes i històries: Catalunya té dret a decidir i això està fora de tota discussió. Punt.
Acceptem-ho. Encara que no hi ha base jurídica per a aquesta afirmació (no es pot apel·lar, segons l’ONU, al dret d’autodeterminació per trencar la unitat d’un estat democràtic i de dret), acceptem aquesta petitio principii si més no, per poder continuar parlant amb els amics que estimem.
No podem qüestionar el dret de Catalunya a l’autodeterminació. Bé. Raonem a partir d’ací.
II
“Catalunya té dret a l’autodeterminació” vol dir, evidentment, per metonímia, que “el poble català té dret a l’autodeterminació.” Això està clar. El problema és delimitar el concepte de “poble català”. Ara com ara (cal atenir-se als fets reals) “poble català” vol dir estrictament “ciutadans espanyols que viuen i treballen a la comunitat autònoma de Catalunya”. Ni andorrans, ni valencians, ni balears, ni aragonesos de la Franja de Ponent, ni ciutadans francesos de la Catalunya Nord, ni algueresos. Ni residents a Catalunya sense la nacionalitat espanyola. Val a dir que és una part dels ciutadans espanyols (una gran part, si voleu) residents a Catalunya la que determina pel fet d’enunciar-ho (massivament, insistentment, cridanerament) que la totalitat dels seus conciutadans tenen dret, encara que no vulguen tindre-ho, a decidir sobre la seua ciutadania...
Intentaré explicar-me de la millor manera que puga. Imaginem que jo sóc un ciutadà espanyol resident a Catalunya. Un català. No em qüestione en absolut la meua condició de ciutadà espanyol. Forme part d’una totalitat molt gran, el conjunt de tots els ciutadans espanyols. Ara bé, uns altres conciutadans catalans, que s’identifiquen amb la totalitat del poble (poble que no pot ser sinó el conjunt de ciutadans espanyols de Catalunya) decideixen que tots els catalans tenim dret a renunciar a la ciutadania espanyola, ho justifiquen amb arguments que jo no compartisc però és igual perquè l’única manera de saber si n’hi ha una majoria de catalans que volen la secessió és participar en un referèndum. I tan sols per participar-hi estic admetent que els que enuncien el dret a l’autodeterminació tenen raó... i jo no vull, no vull aquest dret que s’ha transformat en una obligació que em fa violència, que se m’imposa per una part de la ciutadania; no vull cap referèndum, no vull deixar de ser espanyol ni veurem en la necessitat de reafirmar-ho en un referèndum.
Heus ací que per seguir tenint la ciutadania que tinc, garantida per la Constitució que els meus governants han jurat complir i fer complir he de:
1.- Participar (encara que siga mitjançant l’abstenció, doncs forme part del cos electoral) en un referèndum convocat sense cap tipus de garantia legal.
2.- Admetre, en conseqüència, velis nolis, que els que convoquen el referèndum tenen la raó y la legitimitat per fer-ho i arriscar-me a perdre la ciutadania que tinc sense que la immensa majoria dels altres ciutadans espanyols puguen dir-hi res.
3.- Posar la meua vida i el meu futur en mans d’un procés que no vull, que no s’ajusta a la legalitat i al qual no estic obligat sinó perquè així ho ha decidit una part ínfima del cos polític al que pertanc: el conjunt de la ciutadania espanyola.
III
Espere, amics, que no considereu la situació que he descrit com a “falsa” o com un embolic sense base real que tan sols busca ocultar el meu “anticatalanisme”. De fet conec l’angúnia que produeix en algunes famílies catalanes l’atzucac del “referèndum, ja, ara mateix, a l’any vinent com a molt!” i la temptació de preguntar-se “què farà el nostre estat per nosaltres?”
Trobe que així com demanem a “Espanya” que escolte la veu d’una part important dels seus ciutadans que volen l’autodeterminació és “necessari i forçós” que demanem a “Catalunya” que escolte la veu d’una part considerablement més gran dels seus ciutadans que no la volen i l’única manera de “fer que siguin segurs els ponts del diàleg” és legalitzar i/o legitimar el procés secessionista.
Ara com ara la cosa està més o menys així: “Catalunya” vol un referèndum d’autodeterminació i ho vol molt autoritzadament perquè ho demana el govern català, gran part dels diputats del Parlament i sectors importants de la societat civil catalana; “Espanya” s’enroca en l’ordenament constitucional que no preveu cap referèndum d’autodeterminació i fins i tot apareixen veus que apel·len a la defensa armada de la constitució i dels ciutadans espanyols, la qual cosa reforça encara més l’argumentari secessionista. D’allò se’n diu “cercle viciós” i vulga Déu que no es transforme en una “espiral de violència”. No vull pensar que és això el que busquen els que no volen eixir de l’atzucac.
Considere que l’única manera d’eixir d’aquest cercle dantesc és canviar d’interlocutor. Els secessionistes no han de dirigir-se a “Espanya” que no pot sinó negar-se al diàleg: és absurd pretendre que una nació negue la seua sobirania total sobre el seu territori tenint, a més a més, el reconeixement internacional de les seues fronteres, la Unió Europea i el dret internacional del seu costat... per no parlar de les forces armades. Els que han assumit “la veu d’un poble” han de dirigir-se, precisament, al conjunt del poble tot garantint que el procés que proposen a la seua consideració és escrupolosament legal, i si no pot ser d’una altra manera, legítim.
IV
Supose que si admetem el “dret” d’autodeterminació, admetrem també que qualsevol dret s’ha d’exercir d’acord a una “forma” jurídica. Ara com ara la convocatòria d’un referèndum per part del govern català seria una evident il·legalitat i, a més a més (al meu entendre), estaria mancat de legitimitat. Tan sols fent servir els mecanismes i institucions vigents es pot donar forma al dret que s’invoca de la següent manera:
1.- Convocar un període de reflexió i debat de partits, sindicats, organitzacions empresarials, col·legis professionals i d’altres organitzacions socials i culturals de la societat civil catalana on s’evite absolutament qualsevol desmesura: no es pot condemnar els atacs “espanyols” i no fer res davant la crema de la bandera que molts catalans consideren seua o silenciar atacs a seus de partits “espanyolistes”.
2.- Després d’aquest període d’ample debat lliure i exhaustiu convocar eleccions al Parlament català tot anunciant al poble que els partits i entitats civils secessionistes es presentaran com a Front Nacional amb un únic punt al seu programa: la independència de Catalunya.
3.- Si el resultat de les eleccions dóna com a resultat un parlament amb majoria qualificada (no sé exactament el percentatge) el Govern Català es dirigirà al Parlament Espanyol amb la petició de canviar la Constitució Espanyola per tal de convocar legalment un referèndum d’autodeterminació a Catalunya.
4- Si el Parlament Espanyol accedeix es fa el referèndum i es procedeix en funció del seu resultat.
5.- Si el Parlament Espanyol es nega el Govern Català declararà la independència de Catalunya de forma unilateral.
V
L’altre dia vaig comentar el Facebook aquesta proposta de procés i em va sorprendre (la meua capacitat de sorpresa és ben... sorprenent) el comentari d’un amic que més o menys venia a dir (esper no ser injust) que allò que amagava la meua proposta era un intent de dilació perquè, de fet, era impossible un acord semblant de Front Nacional. Açò és possible? Admetre que volem el fi (els que el volen) però no els mitjans justos sinó el que arrasen amb tot? Vull dir, és preferible el procés en la seua versió actual, absolutament, estancada i sense eixida raonable? ¿És tot o res, sense comptar amb aquells que no comparteixen que “allò que val és la consciència de no ser res sinó s’és poble”? Seguirem donant faena als tertulians bel·licosos, als periodistes venals? Als crema-banderes, als encaputxats, als que criden com a porcs “no son españoles, son hijos de puta” o “puta Espanya”? ¿”Callaremos ahora para llorar después”?

dijous, 12 de setembre de 2013

Sobre voces y pueblos



Salvador Espriu
Vicent Andrés Estellés

Hasta ahora, en los debates que nos traemos y llevamos algunos amigos y amigas en el facebook, subyace el principio discursivo (eso creo) de que “es posible razonar”, es decir flexibilizar las posiciones, buscar complicidades, aceptar el parecer del otro y tratar de empatizar con él aunque subsista la discrepancia. Y los temas no son demasiado abundantes: política, religión… y religión y política... que se despliegan en concreciones sociales, nacionales, lingüísticas, literarias, ecológicas, laborales, sanitarias, educativas… Qué sé yo, de todo un poco. Sin embargo hay un asunto que empieza a cuestionar el propio principio que permite la discusión. Ante la propuesta política de secesión de Cataluña he empezado a notar que el lecho duro de ese principio (es posible razonar) empieza a hundirse hasta un estrato más elemental, más agresivo y seco, más duro, más (valga la pedantería) “schmittiano”: “tú de qué lado estás”. Creo que, poco a poco, el verso “plural” de Espriu (“diversos són els homes i diverses les parles”) cede ante el verso unanimizador (si existe el palabro) de Andrés Estellés: “asumiràs la veu d’un poble”. Ante la realidad incuestionable del “pueblo” (español, catalán…) de nada sirve apelar a entidades abstractas como el estado, la legalidad, la ciudadanía o el derecho positivo. Todo esto disgrega (seguimos con Schmitt); son silogismos, ganas de embrollarse en la retórica, frente a la certeza pétrea de la comunidad productora de derecho (sujeto en sí misma de derecho) que constituye la ligazón comunitaria del “pueblo”. No lo niego: esta situación me da miedo. Miedo porque considero (ojalá me equivoque) que a Julián Marías no le falta razón cuando dice (en “Consideración de Cataluña”) “…nada me merece más respeto que la realidad, y hay que hacer constar un ‘hecho”: que España siente definitiva e irreversible su realidad actual […] e interpretaría como desgarramiento y mutilación cualquier alteración de ella, a la cual respondería, y hasta las últimas consecuencias, como un organismo animal lleno de vitalidad a quien se intenta arrancar un miembro o una víscera.” Pues bien, creo que la posibilidad del enfrentamiento civil es una “realidad” que hay que respetar (y si es posible conjurar), un “hecho” que ha de estar presente en nuestros razonamientos. Y cuando hablo de enfrentamiento civil no me refiero a un “unánime” pueblo catalán frente a un “unánime” pueblo español; me refiero a un terrorífico mosaico a la yugoslava en el propio territorio de Cataluña en el que a la pregunta simplificadora “¿tú de qué lado estás?” sólo puede seguir la afirmación “uno de los dos lados sobra”. Quiera Dios que me equivoque.

diumenge, 26 de maig de 2013

Disfraces



 Una entrada recent de l'amic Enric Senabre al seu bloc Observatori de la ciutadania m'ha fet recordar aquest article reaccionari que te ja alguns anys i que vaig deixar sense publicar perquè no n'estava del tot satisfet. El deixe com va ser escrit.

Volvemos con el sistema educativo... Se trata de una deformación profesional, vale. Y, sobre todo, de una preocupación paterna. Es el caso que la mayoría de los padres queremos tener hijos y no frikis de feria. Con lo cual se entiende que hay que vigilar nuestras escuelas, empeñadas, al parecer, en lo contrario. Bien. Uno es parte del invento de la enseñanza y aquí conviene explicarse: cuando yo era estudiante ser estudiante era una forma de ser y también una forma de vestir. Este galimatías es sencillo: nos vestíamos más o menos contestatariamente según anduviese surtido cada cual de progresismo militante o conservadurismo. Pero la vestimenta no difería mucho. Éramos estudiantes. La adolescencia es, por naturaleza, informal y dogmática (contradicción típicamente adolescente) y nos vestíamos como nos daba la gana mientras criticábamos sesudamente la publicidad que nos incitaba a vestirnos como nos diera la gana. En fin, tampoco es cuestión de reeditar el Cuéntame de la tele.
  Ahora es distinto. En los institutos de Dios y del demonio desemboca cada año un sunami avasallador de colorines. No hay que buscar en los pelos lateralmente rapados y por aquí arriba medio rizados y por detrás largos, más que en los pantalones arremangados, las alpargatas enchancletadas y los diferentes colgajos: una cacofonía que se exhibe a sí misma y se impone como espectáculo quieras o no.
  ¿De dónde viene esta afición a convertir el cuerpo en mero portador de trozos de hierro incrustados en las narices, el ombligo, la lengua, las cejas o en sufrido lienzo para tatuajes? Algunos de nuestros jóvenes (quizás demasiados) dan la razón a la estrambótica teoría queer que concibe el cuerpo, a la manera informática, como un “puerto” en el que enganchar ferralla ortopédica y exhibicionista. De dónde vendrá, me pregunto, esta permanente voluntad de ir disfrazado.
  Algo tendrá que ver, digo yo, la costumbre adquirida en los colegios de  infantil y primaria: apenas llega el brumoso noviembre y hete aquí a los parvulitos disfrazados de castañeros y castañeras para gozo de propios y extraños; antes aún, con motivo del nueve de octubre, maestros y alumnos se disfrazan de moros y cristianos con sus estandartes de cruces y medias lunas; para ese engendro papanatas que se impone globalmente, el jálogüin, aparecen disfraces de horror y muerte; en Navidad hay gorros de Papá Noel y Reyes Magos de todo a un euro; llegan las carnestolendas, ahí es nada, todo el mundo a disfrazarse: maestros y maestras, niños y niñas y deprisa que las fallas están cerca y más disfraces; al volver de vacaciones los infantes muestran su indumentaria pascuera y al acabar el curso todo vale sobre el escenario de la fiesta final. ¡Uf! Los niños se disfrazan un día sí y otro también, se pintan los pelos, les pintan las caras ¡Qué guay! ¡Qué escuela tan divertida! Y en cuanto se monta algún sarao extraordinario nunca falta algún “taller” para hacer abalorios de todo tipo.
  Y no digas nada que serás un bicho raro: “Chico, parece que eches de menos la escuela autoritaria que padecimos nosotros; los niños se divierten mogollón y transgredir las normas sociales también es sano.”
  Hale pues, todos juntos en unión a transgredir todo lo que de trasgresión sea susceptible hasta el punto de no saber qué puñetas estamos trasgrediendo.