diumenge, 20 d’octubre de 2013

La precisa gramática del amor. A propósito de La vida secreta de Andrea, de Ana Meliá



« “Señores, ¿os gustaría oír un bello cuento de amor y de muerte?...”

Nada en el mundo podría gustarnos más.»

Denis de Rougemont, citando el Tristán e Iseo de Joseph Bédier,

En El Amor y occidente






Ana Meliá

Nada podría gustarnos más que leer un bello cuento de amor y de muerte, máxime si lo bello del relato viene enmarcado en una estructura de precisión aristotélica: En La vida Secreta de Andrea Ana Meliá nos sitúa en un único espacio, perfectamente delimitado y caracterizado, como escenario del cuento de amor y de muerte (una plaza y un campanario, una fuente y una casa, un cementerio y una tumba); en un tiempo preciso y marcado, el verano, que discurre al compás del tempo del romance desde la mirada primera, a principios de julio, hasta el encuentro cuando “había empezado el mes de agosto” y el descenso hasta la culminación de la historia en el momento en el que “se acercaba el final de agosto, y la noche empezaba a ganar su batalla al día”. Unidad de espacio, unidad de tiempo y unidad de acción (la historia de amor de Andrea) articuladas en un relato en el que, según la expresión saussureana tout se tient: Zafra frente a Valencia, vacaciones frente a curso escolar, julio frente a agosto, la exaltación del amor frente al dolor y el desamor, realidad y sueño…

Creo que la alusión al modelo saussureano no es exagerada si consideramos el evidente isomorfismo entre el “teatro” en el que se desenvuelve la trama y el teatrito de marionetas cuya restauración, así como la de sus muñequitos, la reescritura de la historia inmortal de Romeo y Julieta y la representación final, subyacen a toda la historia como un soporte necesario: la historia arquetípica de amor y muerte es la langue, el sistema abstracto que no necesita ser explicitado porque está en la mente de todos (“todo el mundo conoce el final de Romeo y Julieta”). La historia de amor de Andrea es la parole, la realización concreta de ese modelo eterno. Y, entre Lengua y Habla, sabemos que hay una Norma que exige aprendizaje, investigación, que conocemos de manera fragmentaria hasta que la dominamos plenamente. Andrea sueña y va descubriendo “una historia triste y romántica, como un cuento de princesas”, o como diría José Asunción Silva “la historia triste, desprestigiada y cierta / de una mujer hermosa idolatrada y muerta.” El relato de los amores de Ana y José comparte con el ideal abstracto la oposición de las familias de los amantes, el intenso amor de la juventud, el viaje y la muerte trágica; pero añade toda la simbología normativa romántico-modernista: la caja de música, el anillo, la fuente, el barco, el atardecer, el beso… sólo un beso, la tumba, el ángel de piedra… así como el desengaño y la infidelidad. Hay una misteriosa correspondencia entre la historia de Ana y la de Andrea (reencarnación, parentesco, lo sobrenatural actuante…) pero lo importante es la conciencia cierta del “sentido”: “se mira a sí misma desde muy lejos o desde arriba, con la actitud con que los ángeles observan de forma expectante pero segura, cómo se desarrollan las acciones de una obra cuyo desenlace conocen ya.”

El amor de Andrea, una vez se ha convertido en amor real, ajeno a su mundo de ensoñaciones imposibles, necesita un modelo, cierta normativa. Comparte la intensidad espantosa y contradictoria de aquél que se une con la muerte (“en su pecho latía una tristeza tan profunda, que sentía irresistiblemente hermosas todas las cosas”), comparte el desamparo de Ana pero de una forma más prosaica: el divorcio de sus padres frente al abandono y la orfandad, la lejanía oceánica y la infidelidad de José frente la distancia de Antonio y sus escarceos con Caterina “en el pueblo de al lado”, el tren frente al autobús. Los amores de Andrea son de hoy en día y Andrea no es una “princesa” de clase media venida a menos en el primer tercio del siglo XX ni una doncella medieval… Y sin embargo…

Sin embargo algo nos choca sobremanera. Los personajes de La vida secreta de Andrea (la propia Andrea) no parecen “reales”. Los adolescentes que pueblan el relato están absolutamente “limpios”. En todos los sentidos. Es decir son aseados, educados (“hablaban y reían sin estridencias”) bien hablados (apenas Caterina suelta algún taco), pero no sólo eso, sino que parecen carecer de cualquier adherencia histórica o social: hablan exactamente igual los extremeños que los valencianos, pertenecen todos a una vasta clase media-media-alta (apenas hay una alusión a la crisis ya tan larga que, al parecer, al menos en la novela, a nadie afecta) y la historia pasada se centra en los recuerdos privados (“y antes de que la señora Encarna derivara hacia un tema que no le interesaba en absoluto [la guerra civil]…”)… En fin, en una contemporaneidad como la nuestra, tanto literario-cinematográfica como vivencial, saturada de sexo adolescente, los chicos y chicas de La vida secreta de Andrea se besan… apenas (al menos en escena). Los personajes de la novela (sigamos, aunque sólo sea por deformación profesional compartida con la autora, con el referente lingüístico) parecen “fonemas” perfectos, abstractos, y no “alófonos” mejor o peor articulados, deformados por la pronunciación concreta y real.

No puede ser casual. O ingenuo. O negación de lo (bastante) evidente.

A lo largo de todo este comentario he intentado poner de relieve la estructura rigurosa de La vida secreta de Andrea, mezcla, como se dice en alguna página de “lógica y entusiasmo”. De hecho, en el propio texto se insiste (incluso con carácter “intervencionista” por parte de la voz narradora) en que “todo estaba sucediendo exactamente como alguien había previsto que sucediera”. Creo que la autora controla en todo momento su discurso y que su Andrea, y el resto de adolescentes, son como son porque la autora los propone, conscientemente, como modelo en una última correspondencia: toda propuesta estética conlleva una apuesta ética y la apuesta ética de Ana Meliá, en esta novela, es un mundo en el que las niñas de quince años se enamoran y besan a su enamorado y comparten su bondad con aquél que la necesita, en el que el dolor que produce el amor se ve atemperado por la esperanza de que existe un sentido, en la fe de que, incluso de la piedra fría de la realidad pueden nacer flores.