dijous, 7 de febrer de 2013

El proletariado invisible (II)



Los padres se quejan de que los hijos se limitan a "ir y venir",
no contribuyen en nada cuando trabajan (a menos que se les presione).
Mientras que los hijos se gastan todos sus ingresos en equipos electrónicos,
fines de semana en bares y discotecas, y lo que sobre para unas eventuales vacaciones.

Del Informe Petras


El sociólogo norteamericano James Petras, en su famoso Informe de mediados de la última década del siglo XX analiza la dialéctica de valores de la clase obrera en términos de “brecha generacional”relacionada con la estabilidad o precariedad en el empleo: “…la estabilidad en el empleo proporcionaba una base para la continuidad y un grado relativo de certidumbre a la hora de hacer proyectos para tu ciclo vital. Por supuesto, el trabajo era duro, las horas eran muchas y los salarios bajos pero había, especialmente a principios de los 70, un montón de oportunidades para presionar y luchar por sustanciales incrementos salariales y por un ensanchamiento de la red social. Empleo, matrimonio, montar la "casa", alquilar, luego ahorrar, un pago al contado y la compra de un piso... hijos... visitas a la familia el domingo... la adquisición de un coche barato... educar a los niños... para algunos incluso un pequeño apartamento en una urbanización popular o una casa de campo para las vacaciones de verano...” El proletariado que describe Petras no es precisamente “revolucionario”; más bien podríamos caracterizarlo como partidario de un “reformismo fuerte” que asegurase el bienestar y el “mejorser” de los hijos. Paralelamente, el Partido Comunista de los setenta se convertía al reformismo eurocomunista. Era el momento óptimo para la conjunción de la Clase Obrera y el Comunismo pero, paradójicamente, la intelectualidad de izquierdas se dedicaba a dinamitar los valores de aquel proletariado reformista
Creo que es indudable el apego instintivo de la clase trabajadora a la escuela, su ansia por apropiarse del saber, pues bien, en la revista teórica del Partido Comunista de España podemos leer, en 1977 que “la clase obrera suele valorar la escuela con criterios sumamente instrumentales (la instrucción como medio de promoción individual, para liberarse de la condición obrera) [...] No es ajeno a ello el hecho de que la ideología imperante en la enseñanza ignora por completo la cultura obrera, los hábitos y la vida de las masas trabajadoras.” Hay aquí (aparte de una gilipollez teórica notable, por muy Joaquim Sempere que lo escriba) una admonición moralista intolerable que encuentra eco incluso en el capítulo correspondiente de la Historia de España de Tuñón de Lara y que desemboca (lo que ha sido muchísimo más grave) en teorizaciones pedagógicas con implicaciones nefastas en nuestro sistema educativo: “Se rechaza el habla porque se construyen mal las frases o porque se usan palabras malsonantes o poco distinguidas o por una entonación demasiado localista o socialmente desprestigiada. También son rechazados ciertos usos sociales o mal gusto estético y todo aquello que se inscribe en gustos plebeyos o poco distinguidos en el vestir, diversiones, etc. También se rechaza todo eso que se entiende por improcedente, mal visto o condenable, vulgar o pecaminoso [...] Y el éxito escolar depende de la aceptación de conductas de tipo limpio, ordenado, obediente, bien presentado, no contestón etc.; todo lo que se sitúa en la línea de la ideología dominante en cuanto a comportamientos que se han llegado a capitalizar como cultura aceptada, valiosa, superior.”
Es decir, mientras el proletariado exige conocimiento los teóricos de la izquierda (¡Dios mío, sus teóricos!) le suministran identidad; y esa identidad, que no debe ser desechada so pena de ser considerado un traidor a la “cultura obrera”, consiste en “construir mal las frases”, “usas palabras malsonantes”, “tener mal gusto”, “ser vulgar”... y fracasar en la escuela, mientras que ser limpio, ordenado, etc. es caer en la “ideología dominante". Semejante sarta de estupideces (si eres un obrero tienes que ser un puto guarro, hozar en tu propia ignorancia y hablar de puta pena) pertenece al pedagogo más valorado por la izquierda española, Gonzalo Anaya, y han condicionado la práctica docente de cientos de enseñantes, cuyo ideal pedagógico parece ser Belén Esteban o “el Jonatan”, el hijo de Aida.
(Mañana más... o pasado mañana, que la constancia es un valor burgués de mierda)