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dimarts, 5 de març del 2019

Palinodia feminista



I
A principios de nuestra Transición Democrática era habitual hablar en ambientes obreristas del “terrorisma patronal”; incluso había pintadas en las que se leía “obrero muerto, patrón colgado”. Y todo ello en referencia a las muertes y lesiones que se producían en el trabajo: accidentes laborales, enfermedades profesionales, etc. En los mismos ambientes, sin embargo, no era raro oír (incluso leer) barbaridades dirigidas a las mujeres como “si te violan, relájate y disfruta” o chistes jocosos (como en un artículo relativamente reciente de Almudena Grandes) sobre violar monjas; hasta mensajes protoanimalistas en los que se denunciaba que por culpa de las mujeres burguesas “matan focas para vestir zorras”. Afortunadamente hoy en día este último grupo de memes (en el sentido original del término), o ideologemas, sería inaceptable al menos en el pensamiento de izquierdas. En cambio, las muertes que se producen en el mundo del trabajo han caído en desgracia en cuanto a su repercusión popular y reivindicación prioritaria de los partidos obreros. En nuestra agenda de preocupaciones sociopolíticas el acoso en el trabajo, por ejemplo, ocupa un lugar preeminente sobre las muertes y lesiones que se producen en el trabajo. Las obreras muertas por el síndrome Ardystil (dos de ellas hermanas de dieciocho y veinte años de edad), con los moldes ideológicos hodiernos, hubieran sido consideradas víctimas, en tanto que mujeres, del machismo heteropatriarcal y no, como obreras, del capitalismo criminal. Lástima que Ardystil fuese propiedad de una mujer condenada a la postre a sólo seis años de prisión.
Este cambio en las preocupaciones y la sensibilidad respecto a la injusticia social de según qué violencias, qué víctimas y qué muertes requiere de análisis político.
La contraposición de los dos fenómenos que comento es interesada, por supuesto, pero no arbitraria porque supone una muestra de lo que hay al fondo de la cuestión: la normalización, la destematización, si se quiere la naturalización de la muerte y la violencia como algo asumible en el modo de producción capitalista y la problematización y tematización de la muerte y la violencia en el modo de producción doméstico o Patriarcado.

II
Decíamos ayer (me encanta esta frase) que ciertas formas de violencia con resultado de muerte y lesiones carecen de eco popular mientras otras levantan olas de indignación y adelantábamos la hipótesis de que aquéllas se contemplan como algo normalizado mientras que éstas se perciben como injusticia y escándalo. Ambas formas de pensar, en tanto que son eso, “formas de pensar” constituyen fenómenos ideológicos. Digamos que el hecho de que un obrero o una obrera muera mientras trabaja (o mientras acude al trabajo o cuando lo abandona) es algo conforme a algún tipo de sistema ideológico compartido que lo percibe como “accidente” sin culpable personal identificable, mientras que el asesinato de una mujer a manos de un hombre es inasumible desde cualquier consciencia de la realidad que aspire a la universalidad. Demos un rodeo para intentar entender este galimatías.
Creo que no es descabellado definir un “sistema ideológico” como un conjunto de proposiciones consideradas verdaderas que actúa como una especie de canon respecto al cual nos es lícito enjuiciar la realidad social. El juicio “los lápices son objetos de escritorio” difícilmente puede considerarse ideológico. En cambio “todas las mujeres son astutas” sí es un juicio que remite a una “ideología” dentro de la cual adquiere valor de verdad o, al menos, de justicia. El “machismo” como sistema ideológico debería, si tuviese un carácter incontestado, tener poder para naturalizar la muerte de una mujer en según qué circunstancias, de la misma forma que la ideología dominante en el capitalismo puede modelar las conciencias para que la muerte de un obrero en el proceso de poducción pase inadvertida.
La ideología patriarcal, en una situación “ideal” de dominio, tuvo tal poder y su sistema de proposiciones “verdaderas”, más o menos, sería el siguiente:
-Desde un punto de vista físico, el varón es más fuerte que la mujer.
-Desde un punto de vista intelectual, el varón es más inteligente que la mujer.
-Desde un punto de vista moral, el varón es más bueno que la mujer.
Estos tres axiomas se resumen en uno: “el varón es superior a la mujer”. Y esa superioridad implica una serie de deberes: el varón fuerte debe proteger a la mujer, el varón sabio debe enseñar a la mujer, el varón bueno debe adoctrinar a la mujer. A cambio de esa protección, enseñanza y mejora la mujer debe, en un intercambio justo, satisfacer al varón, darle hijos, asegurar su bienestar. Es un sistema justo que debería imponerse por su propia evidencia. Sin embargo la inferioridad moral y física en la mujer produce un tipo especial de sabiduría (la astucia) mientras que la superioridad moral y física del varón produce un tipo especial de ignorancia (la ingenuidad). La mujer es débil pero astuta, el varón es fuerte pero ingenuo. Este fallo en el justo sistema de correspondencias obliga a que el poder benéfico del varón deba ser asegurado por una estructura político-jurídica y una superestructura ideológica (sapiencial, moral, filosófica, religiosa) que en última instancia traduzca el principio “el varón es superior a la mujer” en la ley “el varón tiene derecho de vida y muerte sobre la mujer”.

III
El carácter palinódico de estas letras obliga a comentar la relación personal con el tema. Mi relación con la teoría feminista fue anterior a mi contacto con el marxismo. O, mejor dicho, fue la condición de posibilidad (como dicen los filósofos listos) de mis lecturas marxistas a partir de una pregunta: todas esa ideología patriarcal, todas esas actitudes de las que Eva Figes levanta acta en su libro (creo que el primero feminista que leí) Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad, todo eso ¿por qué? La insistencia en el carácter natural, justo, inevitable del dominio del varón sobre la mujer presente en textos de épocas que abarcan desde la remota Antigüedad hasta nuestros días pasando por la Antigüedad Clásica, la Edad Media y la Modernidad... ¿por qué? El Materialismo Histórico postula la necesidad de que exista una base económica que soporte la superestructura ideológica, pero el Patriarcado, como ideología sobrevive y se perpetúa en el Esclavismo, el Feudalismo, el Capitalismo ¿el Socialismo? Sólo cabe responder que o bien el Patriarcado no es una ideología sino una forma no ideológica de pensamiento, es decir, no una falsa conciencia de la realidad sino un molde discursivo que recupera el mundo social de manera veraz (“todas las mujeres son astutas” vendría a ser una proposición semejante a “todos los mamíferos son vertebrados”); o bien el Patriarcado es expresión ideológica de un modo de producción que sobrevive a los cambios históricos. Leer El origen de la familia, la propiedad privada y el estado de F. Engels y, después, casi inmediatamente después, el primer tomo de La razón feminista: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico de Lidia Falcón supuso, para mí, la respuesta a aquella pregunta y la apertura al continente (invasivo Althusser) intelectual y práctico del Marxismo.
Dejo aquí abajo la definición de Modo de Producción Doméstico recogida en las tesis del Partido Feminista de España.
“Entendemos por modo de producción doméstico la forma en que se producen los bienes precisos para el mantenimiento y la reproducción de una sociedad humana, caracterizado por la existencia de dos únicas clases, el hombre y la mujer, y la consecuente explotación sexual, reproductora y productora de ésta.
La fuerza productiva determinante del modo de producción doméstico es la fuerza de trabajo humana. La tecnología está totalmente ausente o muy poco desarrollada. La energía humana es la principal y casi única fuerza de trabajo, y está producida exclusivamente por una de las dos clases: la mujer. En esta división del trabajo se halla la causa material de la explotación femenina.
Las relaciones de producción entre el hombre y la mujer en el modo de producción doméstico están basadas en la dominación de ésta por aquel e incluyen la explotación sexual y la explotación productora a la par que la explotación reproductora. En esta dominación del varón sobre la mujer se asienta no sólo el poder de aquel, sino la perpetuación del modo de producción doméstico a través de todas las épocas.
La forma de explotación típica del modo de producción doméstico es la que se realiza diariamente sobre las mujeres en aras de la producción de hijos. Las mujeres, por serlo, deben realizar las tareas domésticas”.

IV
Apenas a dos días de empezar el nuevo año los telediarios informan del secuestro y la violación (entre dos hombres) de una menor, el apaleamiento de una mujer ante sus hijos, por parte de su marido, y el asesinato de una mujer a manos de su novio. Maltrato, violación y femicidio: las formas extremas de sometimiento de las mujeres al orden patriarcal personificado en el varón desconocido, en aquél con el que la mujer mantiene relaciones no jurídicas y en aquél con el que se convive de manera normativizada. El desconocido, el novio, el marido... El varón, en algún estrato de cuyo inconsciente resuena el derecho de uso, de castigo, de vida y muerte sobre la mujer. Ese derecho ha desaparecido de nuestro ordenamiento jurídico positivo pero permanece como un atavismo ideológico del tiempo en el que, efectivamente, constituía “derecho”, al menos por lo que hace al castigo y a la muerte de la esposa. Si el Modo de Producción Doméstico sigue existiendo en la base del Modo de Producción Capitalista lo hace sin estructura político-jurídica en tanto los “derechos” a los que daba origen son considerados delitos y delitos muy graves que son perseguidos mediante leyes excepcionales. Delitos que conmueven a la sociedad en su conjunto. Creo que es esta conmoción, esta sensibilidad exacerbada, la prueba del carácter residual de la justificación ideológica del MPD una vez éste da sus últimas boqueadas, sus últimos zarpazos. Pues “violencia estructural” implica aceptación social e invisibilización mediática.
Volviendo a la comparación del principio de esta palinodia, hasta julio en 2018 murieron en accidente laboral en España 307 trabajadores y trabajadoras. No digo esto a modo de esas argumentaciones capciosas, falaces y... deleznables que, a una injusticia manifiesta contraponen una injusticia numéricamente mayor que, de este modo, “justifica” (vuelve “justa”) aquella otra. O, al menos, la relativizan y restan importancia. Lo que pretendo es mostrar la diferencia entre violencia estructural ideológicamente blindada (las muertes de obreros y obreras en el proceso de producción) y violencia delictiva rechazada socialmente, abordada con medidas excepcionales y unánimente condenada por la ciudadanía. Salvo por los delincuentes.
Pero el rechazo, el dolor que nos provoca el sufrimiento de las mujeres que padecen el mordisco de la bestia herida de muerte del Patriarcado es tan sólo, creo yo, una muestra de la desestructuración de la violencia ya no sistémica contra la mujer.

V
El lugar de trabajo en el Modo de Producción Doméstico es el hogar; su estructura productiva, la familia. A lo largo de estos últimos siglos la familia ha dejado de ser una unidad de producción directa y ha pasado a ser una unidad de consumo pero ha mantenido las labores de reproducción de fuerza de trabajo asumidas por las mujeres (esposas, madres, hermanas, hijas, nueras...). Es en este ámbito en el que la violencia contra la mujer (y contra los niños, niñas, ancianos y ancianas) es estructural, invisible, y asumida por el conjunto de la sociadad como algo de carácter privado. Hasta hace relativamente poco tiempo no era raro oír que “eso” es cosa de la pareja en la que nadie debe meterse. Incluso cuando la violencia tenía como escenario un lugar público, el orden familiar la abarcaba y legitimaba. Todavía hoy asumimos como normal que una madre o un padre golpee en la calle a un niño o a una niña y encuadramos el acto, salvo violencia insoportable, en la función paterna/materna de corrección. La violencia pública contra la mujer, sin embargo, es, hoy día, inasumible socialmente. Sólo el miedo a una agresión por parte del que maltrata a una mujer impide que algún circunstante solitario intervenga en la paliza o la amenaza y en el ámbito privado se interviene a través de la denuncia. En gran medida la familia ha dejado de ser el reducto privado donde no entra la ley común, en una sociedad postmoderna que ha abolido las fronteras entre lo público y lo privado.
El carácter estructural de la violencia contra las mujeres desborda, por lo tanto, el ámbito familiar y, por eso mismo, viene a encajar en una estructura superior que afecta a todos y que anula el MPD en lo postindustrial. Marvin Harris, el famoso antropólogo norteamericano, definía la sociedad postindustrial no como aquella que había superado la organización industrial del trabajo sino como aquella que extendía ese tipo de organización jerárquico-burocrática hacía ámbitos en los que era impensable: la sanidad, la enseñanza, el comercio, la prestación de servicios... La familia. La familia tal como la conocíamos en el occidente capitalista se ha difuminado no sólo por la aparición y reconocimiento legal de los “nuevos modelos de familia”, sino porque las funciones esencialísimas que la hacían encajar en el molde del Modo de Producción Capitalista están siendo “externalizadas” en instituciones públicas y privadas e incluso se someten a la división internacional del trabajo: la reproducción (y el control de la reproducción) no tiene, de manera institucionalizada, un lugar privilegiado en la familia sino que depende cada vez más de la autonomía de la mujer a través de relaciones ocasionales, reproducción asistida e industrialización del aborto; la regulación legal de la prostitución industrializa la satisfacción sexual no reproductiva de los varones en nombre de la libertad de elección de las mujeres; la adopción y compra de niños y niñas desde los países productores a los países consumidores de bebés introduce la división internacional del trabajo en la esfera de la reproducción.
Creo que estas tres muestras de industrialización del trabajo femenino encastradas directamente en el modo MPC desmontan los restos del Modo de Producción Doméstico, al menos en el occidente capitalista, y culminan la proletarización de la mujer iniciada con la Revolución Industrial al tiempo que obligan al feminismo a fundirse con la teorización socialista e ir más allá de aquello en lo que se ha convertido.

VI
Es moneda común en el discurso de la izquierda (o lo era) afirmar que la ideología burguesa potencia la institución familiar como estrategia para adormecer los impulsos revolucionarios del proletariado y convertirlo al conservadurismo biempensante. La Familia es uno de los Aparatos Ideológicos del Estado, que decía Althusser (junto a la Escuela y la Iglesia), y la práctica política eurocomunista, ya arcaica, se proponía dar la vuelta a esos aparatos en su estrategia hacia el socialismo democrático. Cuál era el sentido de ese “dar la vuelta” yo no lo sé muy bien. Pero dudo de la idea de base y de los resultados históricos de la estrategia: la Iglesia sobrevive con una salud aceptable, la Escuela es un marasmo desastroso que difícilmente puede interpretarse contribuye a avanzar hacia el socialismo y la Familia... En la entrega anterior de esta palinodia comentaba que la funcionalidad de la institución se diluye en estructuras burocráticas y económicas postindustriales. La historia del capitalismo globalizador, por su cuenta, ya se encarga de dar la vuelta a la institución familiar (de desinstitucionalizarla) conduciéndola hacia su distopía última: una sociedad compuesta por individuos atomizados que chocan entre sí, o contratan entre sí, buscando su beneficio privado. La mano invisible del mercado convertida en el puño que golpea en todas las interacciones humanas.
El proletariado, sin embargo, ostinado en llevarle la contraria a sus teóricos, ha reivindicado históricamente la regulación y en su caso la prohibición del trabajo para niños y mujeres; ha luchado por el derecho a tener una familia de la que, como tantas otras cosas, era desposeído y alienado. Y las mujeres, lejos de ser recluidas en el hogar por el capitalismo, forman parte fundamental de ese proletariado y su condición proletaria en el MPC, como defendía Engels, es condición necesaria de su liberación como mujeres en el MPD. El Feminismo, como doctrina de la liberación de la mujer, no puede ser sino parte del Socialismo... o contribuir, desde el Liberalismo, a la atomización, individualización y alienación absoluta de las personas. Y la clave, creo yo, está en el valor que le demos, desde la izquierda, a la institución familiar.

VII
Decía el otro día que “la clave, creo yo, está en el valor que le demos, desde la izquierda, a la institución familiar”. Y al otro polo de tensión dialéctica: la proletarización de las mujeres. Cuando el embrión de huelga feminista del año pasado comenté que, en un día hábil, la mayoría de interacciones que podemos tener en la sociedad civil se producen con mujeres: en el comercio, en la enseñanza, en la sanidad, en la hostelería, en la burocracia estatal o privada, en toda la amplísima y determinante capa laboral que llamamos “sector terciario” cuya importancia económica y de funcionamiento socio-estatal es indiscutible.

Hace unos meses, la ministra de trabajo confesaba que le habían “metido un gol” al ser registrado burocráticamente un sindicato de prostitutas. La cuestión es debatible, pero no veo posibilidad de debate en torno a la creación de sindicatos de “kelis”. De hecho se están constituyendo sin mayor dificultad. No parece que exista impedimento alguno para que se creen sindicatos de mujeres en aquellas profesiones en las que son mayoría. Un sindicato “de enfermería” es algo artificioso cuando prácticamente todas las personas que trabajan en la “enfermería” son “enfermeras” y mutatis mutandi lo mismo puede decirse de la “administración” y las “administrativas”, cajeras, peluqueras, empleadas de grandes almacenes y cadenas alimentarias, maestras, cuidadoras, profesoras, etcétera, etcétera, etcétera. No hay razón alguna para que no exista una unión sindical de trabajadoras que pueda convocar huelgas de mujeres sin necesidad de acudir a la cobertura legal (que faltó el 2018) de los sindicatos denominados mayoritarios y sus respectivas “secciones femeninas”. Imaginemos una huelga general de trabajadoras y su repercusión en la amplísima esfera de los servicios y la burocracia.
Creo que el feminismo debería dirigir su atención a la proletarización de las mujeres, al carácter proletario de la lucha feminista y su incardinación en la pugna general por una organización socialista del mundo, en la que tienen cabida totalizante la hoy dispersa y desestructurada, cuando no contradictoria, centralidad de la preocupación por la seguridad ciudadana o la reivindicación de la ética del cuidado junto a la criminalización (incluso legal) del varón o la interferencia de las reivindicaciones LGTB en el ámbito feminista. En esencia, a mi juicio, el feminismo debería optar por políticas universales y socialistas orientadas a la idea de clase y desechar políticas particularistas y liberales orientadas a la idea de identidad. Políticas de clase o políticas de identidad representan el dilema de la izquierda en general y del feminismo en particular. Y la preferencia actual por lo identitario, me parece a mí, es ineficaz y contraproducente.
Queda por ver la “tesis” históricamente inicial o la “antítesis” contemporánea: la familia. A ver si en la próxima entrega lo termino pero, recuperando la idea de “palinodia”, quisiera decir que el traje identitario del feminismo realmente existente, consideraría estas reflexiones poco menos que como “mansplaining” y que ese aspecto del feminismo real (la negación de la posibilidad del debate con los varones -“son el puto enemigo; no los conocemos ni queremos conocerlos”-) es objetivamente perverso y provoca monstruosidades como leer a algunos hombres que se sienten “avergonzados” de pertenecer al sexo masculino. En la ideología patriarcal la mujer es el mal. Y eso es falso. Tan falso como el destino biológico del varón hacia la violencia.

VIII
La familia y la organización racional-burocrática del trabajo, (el Modo de Producción Doméstico y el Modo de Producción Capitalista) serían, pues, los polos dialécticos que requieren un tercero superador. O no. De hecho, más que estructuras contrarias parecen, históricamente, vasos comunicantes: el origen del feminismo contemporáneo se sitúa en la vuelta al hogar a que fueron forzadas las mujeres occidentales tras su paso por la industria bélica durante la II Guerra Mundial y, por otra parte, los empleos a los que acceden la mayoría de las mujeres derivan de su actividad “natural” en la familia; algunos de ellos no problematizados (enseñantes, enfermeras, cuidadoras, administrativas, limpiadoras, distribuidoras, asistentes sociales) y otros problematizados (prostitutas, madres de alquiler). Además, la costumbre de buscar una síntesis, una solución, a cualquier choque de contrarios no deja de ser casi una superstición. Creo que debemos aceptar la existencia de la familia y del mercado de trabajo y considerar ambos ámbitos como lugares para la tarea emancipatoria.
Hoy por hoy parece imponerse la confusión en ambos terrenos. Nuestra izquierda al uso se engolfa en la continuidad biológico-familiar de las ideologías (“somos biznietos, nietos, hijos, sobrino-nietos de los obreros fusilados o hijas de las brujas que no pudiste
is quemar, etc.”) al tiempo que se emplea a fondo en la destrucción de la familia que (no alcanzo a comprender por qué) se tacha de “tradicional” y en la dispersión del concepto en pluralidades cada vez más exóticas; el indefinible concepto de “gente” que ha sustituido al de “proletariado” en el imaginario calenturiento de la izquierda real tiene su paralelo en el absurdo concepto de “mujer” que abomina, en gran parte del feminismo, de una base biológica para su definición. Estos dos marcos conceptuales desvinculados de la realidad objetiva (lugar que se ocupa en el proceso de trabajo / pertenencia al sexo femenino) producen un sujeto emancipador no ya “plural” sino absolutamente “disperso” e ineficaz que se agota en la manifestación, el escrache, la aritmética de la presencia masiva.

diumenge, 2 d’octubre del 2016

Partido Obrero y Nación


Hay un par de textos de Marx y Lenin que me incomodan. Me da pereza buscar la fuente exacta pero el de Marx viene a decir que no importa lo que tal o cual proletario, o incluso el proletariado en su conjunto, se represente como su objetivo en un momento dado; lo que importa es lo que el proletariado es y lo que necesariamente se verá obligado a hacer en función de ese ser suyo. En la burguesía no parece haber hiato alguno entre su ser de clase y sus objetivos de clase. Supongo que el proletariado, producto desgarrado de la división del trabajo manual e intelectual, es constitutivamente bifronte. En la burguesía la clase en sí y la clase para sí se identifican. En el proletariado ser de clase y conciencia de clase no necesariamente coinciden. Para Marx el momento subjetivo vendría dado por el devenir histórico de la clase obrera a través de su experiencia en la lucha de clases. El socialismo científico es esa instancia consciente que cierra la escisión en la práctica revolucionaria y la instauración de la dictadura del proletariado, la conquista de la Democracia. El Estado, ese artefacto que la burguesía convierte en instrumento de sus intereses, es el objetivo del ser proletario. El Estado puesto al servicio de la inmensa mayoría y, desde ese momento, transformado hasta su extinción cuando sea un instrumento ya inservible porque no haya clase a quien servir.
Más o menos…  siendo joven controlaba mejor este dialecto. Ahora cada vez me cuesta más, la verdad.
El paso de Lenin es su conocida tesis kautskyana: abandonado a sus propias fuerzas, el proletariado sólo puede desarrollar una conciencia tradeunionista, el convencimiento de que es necesario arrancar del Estado mejoras en el salario y las condiciones laborales. El cambio desde Marx hasta Vladimir Illich es significativo. En aquél el ser de la clase obrera se cumple en la aprehensión de la conciencia socialista, en éste, esa conciencia, introducida desde fuera, niega, en cierta manera, el ser (abandonado a sus propias fuerzas) de la clase obrera. El leninismo vendría a suponer la aceptación de la escisión proletaria: la disciplina del partido se forja en la disciplina fabril, la división del trabajo se consagra en la vanguardia que asume su dimensión intelectual.
Todo esto es muy esquemático, deslavazado y vulnerable a las críticas que se quiera… Si alguien se tomase ese trabajo, quizá baldío, en un ambiente ideológico generalizado que niega el pan y la sal del discurso a la propia idea de “marxismo”, “leninismo” y aun “proletariado”. Es igual. Lo que quisiera poner de manifiesto es algo que considero núcleo durísimo de la esencia proletaria: su ligazón con la existencia del Estado. Tanto en Marx como en Lenin (en uno como afirmación consciente y revolucionaria, en otro como negación externa del “instinto” reformista) el ser proletario se cumple en la apropiación obrera del Estado. De todas las desposesiones a que está sujeta la clase obrera, la que determina su ser histórico es la alienación respecto del Estado. Expropiar a los expropiadores es rescatar el Estado de su apropiación ilegítima por parte de la burguesía.
Si esta… llamarla “tesis” me parece un engolamiento abusivo… Si esta ocurrencia es cierta, la conditio sine qua non que el proletariado impondrá (o al menos esperará) de sus partidos es la defensa de la condición de posibilidad de su emancipación, aunque sea remota o incierta: la permanencia del Estado.

A lo que voy: en estos días muchos amigos y otras personas de luces elucubran sobre las causas de la desafección del proletariado (transustanciado en “gente”) hacia el partido socialista. Aparte de la apelación cómoda y vulgar a la manipulación ideológica de los perversos o a la debilidad mental de una parte sustancial de “los de abajo”, la tesis más extendida  me parece que es que los socialistas, con sus ambigüedades y vaivenes, con su caída en la órbita neoliberal, han cedido su espacio a una fuerza verdaderamente de izquierdas como es Podemos. Lo dudo. Difícilmente puede defenderse la identidad “izquierdista” de nuestra clase obrera a tenor de la historia reciente de España. El proletariado español ha absuelto mayoritariamente a su partido hegemónico del giro pro-OTAN, de las sucesivas reformas laborales, de la desindustrialización del país, del paro masivo, de la corrupción, del envío de marineros de reemplazo a la Iª Guerra del Golfo, de la cultura del pelotazo… del terrorismo de estado. Del terrorismo de estado. Y lo ha dejado caer con escaso lag cuando ese partido ha empezado a considerar “discutible” el concepto de Nación, cuando ha coqueteado y contemporizado con el secesionismo. No creo que la clase obrera requiera del partido socialista un giro a la izquierda (¿cuándo lo ha hecho en las últimas décadas?) sino un discurso uniforme, claro y contundente sobre la permanencia del Estado. Así mismo, éste es el límite del crecimiento del populismo. Eso de que la Patria que el Pueblo ha de construir es “plurinacional” es un galimatías ininteligible. Pero la historia se mueve (no sé ya si avanza) a trompicones no siempre inteligibles. Ante los trabajadores y trabajadoras está la promesa no cumplida de la Ilustración que auguraba una Nación de libres e iguales, una Patria para todos. Históricamente el proletariado ha tratado de “elevarse a clase nacional”, de expropiar a los expropiadores del Estado. Pero también ha bebido las aguas fecales que le ofrecían los hechiceros de la nación étnica… Veremos.

divendres, 5 de juny del 2015

Neoizquierda postmoderna y populismo (I)


Entonces Judas Iscariote,dijo:
 –¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios,
para ayudar a los pobres?
Juan 12.4-5


       
        Estamos en un momento de intenso debate en las redes sociales a raíz de los resultados de las recientes votaciones a bailías y taifas. Eso está bien. Pero el formato tan limitado del ágora virtual da origen a malentendidos y disparates. Sobre todo cuando se trata de matizar, de no repetir a bulto (y a gritos) la opinión cortada a pico. Si esto ocurre, enseguida surge la pregunta aunque no se formule explícitamente: “¿Tú con quién estás?”. Eso cuando no te lanzan directamente al saco de los malditos: “¡Tú lo que pasa es que serás del PP!”. Aclaro que en los ámbitos debatidores en los que me muevo el “saco de los malditos” es el PP, sin grado ni escala ni posibilidad de objeción alguna. Y hay que aclarar también que la base del “tú con quien estás” no es necesariamente política sino moral. De hecho el origen de estas letras está en algo para mí sorprendente: “Tú con quién estas” significa “¿estás con los buenos o con los malos”. No exagero, pues la causa de este artículo, repito, es una discusión en el muro de facebook del profesor Gil Manuel Hernández en el que se tachaba a algunos dirigentes del PP de “personas malvadas”. No se trata de que ideológicamente discrepemos de su pensamiento, no se trata de que su práctica política nos parezca errónea o negativa para la nación en su conjunto o las clases populares (hablar de la clase obrera ya ni se lo plantea uno), no se trata tampoco de que estén equivocados… es que son “malvados”. Como dice otro amigo de facebook “aparte de chorizos y derechistas es que son malas personas”. Ojo, “malvado” es algo más hondo que “corrupto” o “delincuente”, calificativos que pueden aplicarse transitoriamente a una persona (incluso en esos ambientes debatidores a los que aludía antes aparecen grandes defensas morales de personas que son legalmente delincuentes, pero esa es otra): si uno es malvado lo es ontológicamente. El ser de las personas malvadas consiste en la maldad y son malvados desde siempre y para siempre. Como decía mi padre (qepd): “ése es malo porque su madre lo parió malo”.
          ¿Por qué son malvados los del PP? ¿Por qué el PP es la maldad organizada como estructura política? (¿una “estructura de pecado” como diría san Juan Pablo II?). Consideremos que las personas que intervienen en el debate en el muro del profesor Hernández son intelectuales, universitarios, “intelligentsia”, si la palabra todavía es lícita, pero vayamos a otra zona cultural, a otros muros (y lo de muro va sin segunda intención):
          “-Yo la cogi en el parque para q me ayudara ya q tengo 3 ijos y no cobramos nada y mi casero va vender el piso y sus palabras fueron q eya no puede acer nada y entonces le dije q funcion tenia ella en el ayuntamiento calentar la silla y yenarse el bolsillo.
           -Y se quedo tan ancha no????
           -Si iba con otros dos bua no me mordi la lengua le ubiera dixo mas. Pero por respeto a mi mujer. Me caye
           -Pues le tenias que aver dicho que para eso le pagamos nosotros”
            La conversación que transcribo literalmente (he eliminado nombres propios) aparece en un grupo de facebook de carácter local. El pronombre personal “eya” refiere a una alcaldesa del PP a la que lo más bonito que le dicen (algunos) en el grupo es “falsa”. De ahí para arriba. Se trata, sin duda de una persona también “malvada”. Vuelvo a la pregunta. ¿Por qué malvada? No creo hacer una interpretación abusiva si considero que para los intervinientes en el diálogo, la alcaldesa es “mala” porque no se ocupa personalmente de resolver MI problemática privada. Porque YO entiendo que la institución política (en este caso el ayuntamiento) no es sino el instrumento para que el “bueno” resuelva MIS problemas y si no lo hace, si no me ayuda, es porque es “malo”. “Para eso le pagamos” (sic).
        Esta elucubración teórico-moral (por llamarla de alguna manera) es, a mi juicio, claramente lumpen y confunde política social con asistencia social, incluso con “caridad”. Supone un pensamiento desclasado, individualista, que concibe las relaciones sociopolíticas como un reparto (reparto de dinero, dicho sea claramente) desde el poderoso con recursos (y “bueno”) hacia el receptor privado. La misma moral tiene el corrupto que se lucra con lo público que aquél que piensa que lo público (“le pagamos nosotros”) está para beneficiarle de manera individual.
         Bien, pero difícilmente puede decirse que la intelectualidad de izquierdas, hablando de “maldad”, tenga en mente el mismo concepto que el pensamiento lumpen suburbano… (¡y qué amplio es ese pensamiento!) Pues no sé yo…
       Digo que no lo sé porque desde hace bastante tiempo la izquierda realmente existente muestra una versión, digamos “oenegista” de ese pensamiento asistencial-individualista. Ayudar a “la gente”, resolver los problemas de “la gente” se ha convertido en el eslogan más sonoro de la izquierda: “Izquierda Unida está en el Gobierno andaluz para resolver los problemas de la gente” declaró Cayo Lara, coordinador general de IU cuando el realojo directo de varias familias desahuciadas en Sevilla. No sé qué tipo de teorización soportará este principio subsidiario de la praxis de la izquierda, pero me parece claro que ha habido una deriva desde el partido obrero que busca asumir el poder del estado (de manera reformista o revolucionaria) desde y para el proletariado, hasta el conglomerado político que busca estar en el gobierno para, desde allí… ejercer la “bondad” sobre la gente necesitada. Ciertamente la derecha podría decir lo mismo con las mismas palabras aunque el significado de “gente” varíe. Es igual, sea como sea, considerar la “gente” como sujeto político o como objeto pasivo del ejercicio del bien es algo antisocialista, niega la idea de clase y concibe la sociedad como un agregado de individuos atomizados, como un rebaño. Se trata de la cara (o la cruz) de la otra concepción aberrante de la izquierda de nuestros pecados: el pueblo. La clase trabajadora ni es el pueblo indiferenciado, eterno y ahistórico de la izquierda nacionalista que se alimenta del mito pequeñoburgués (¡y qué cantidad de tenderos salía en la propanganda electoral de todos los partidos, Señor mío!), ni es la gente, ese conjunto de individuos que persigue su beneficio privado, de la sociología y la economía burguesa. La izquierda mira este valle de lágrimas; ve pueblo y gente, gimiendo y llorando y, movida a la piedad, decide que “hay que resolver los problemas de la gente”.
           “Todo ese discurso no es sino palabrería, excusa y retórica alambicada del que no sufre necesidades, teoricismo desfasado (puede añadirse “rancio” y “casposo”) que queda en nada ante la emergencia social, ante el aumento de la pobreza, las desigualdades y la exclusión. Porque ante esta realidad hay que dejarse de discursos y actuar ya. Cualquier otra cosa es defensa, connivencia, incluso complicidad con las medidas antisociales del gobierno del PP.” Y punto.
            El entrecomillado es un decantado de varias respuestas indignadas que he encontrado aquí y allá en varios muros de amigos de facebook. Lo llamativo es que esas respuestas aducen la emergencia social como argumento para reducir al silencio al oponente dialéctico, cuando lo honesto intelectualmente sería explicitar el fundamento teórico que sustenta la propuesta de praxis política asistencialista.         Fundamento teórico que podemos inferir aproximadamente y que tendría los siguientes rasgos:      
            En primer lugar (obviamente), una defensa de la actuación bondadosa inmediata sin necesidad de sustento teórico subyacente: yo estoy a pie de calle ayudando a la gente que lo necesita y tú sales  con rollos teóricos cuando “hay muchos niños afectados por la pobreza de sus padres y eso no es justo, todo lo demás es palabrería” (el entrecomillado procede… etc., etc.)
            Por otra parte la práctica sin teoría, implícitamente, niega el análisis de clase y de facto divide a la sociedad en dos polos: el gobierno y la gente. Una vez pregunté a mis alumnos en cuántas clases dividirían la sociedad española y uno de ellos contestó que “el rey y todos los demás”. En la versión izquierdista hay el gobierno malo que roba a la gente pobre para enriquecer más a la gente rica y el gobierno bueno que soluciona los problemas de la gente sufriente.
            El estilo argumentativo de “reducción al silencio” no sólo es cosa de los debates entre el común, es el estilo vociferante adoptado en la izquierda realmente existente y alabado con frases muy expresivas como “¡Con dos cojones!”, “¡Con dos ovarios!” “¡Así se enterarán!”. Y cosas así. El líder político de nuestra izquierda es aquel o aquella que “le canta las cuarenta al lucero del alba”, que “dice las verdades del barquero”, “verdades como puños”, “La única que les dice las cositas claras” (este último entrecomillado procede de facebook). En fin, un estilo parecido al de aquél que le decía (¡con dos cojones!) a la alcaldesa que estaba en el ayuntamiento para “calentar la silla y yenarse el bolsillo.”
            El líder es fundamental para esta nueva concepción de la izquierda. Siempre lo fue en realidad, de tal manera que podríamos hablar de una especie de “neoculto a la personalidad”, incluso, con algo de hipérbole, de “síndrome Pasionaria”. Mónica Oltra es “una política providencial”, tal cual lo he leído en el muro de facebook de un amigo. Y de Carmena y Colau lo mismo o más. La defensa del líder también está relacionada con el discurso vociferante y la reducción al silencio. Recuerdo una reunión del Comité Nacional del PCPV… o algo homologable de EUPV, en la que un servidor fue interrumpido por una compañera (o camarada), importante en el movimiento vecinal de Valencia, al grito de (más o menos) “¡déjate de tanta cháchara! ¡a ti lo que te pasa es que no puedes ver a Joan Ribó!”
            El gobierno es el líder y la relación con él o ella es algo personal, porque es la voluntad del líder la que ejerce la bondad sobre la gente: “Esta mañana me reunido con […] y por lo menos me a concedido media hora de su tiempo escuchando mía quejas....la señora alcaldesa llevo años detrás y o no se atreve a lo que le va a decir un ciudadano que lleva desde 2008 apuntado en la bolsa de empleo si haver recibido ni una llamada para saber si aun sigo vivo...o esque soy demasiado feo o Huelo mal y no a chanel n5....”
          Otro ejemplo de facebook.
       Y, por último, un rasgo que a mi juicio es determinante y absolutamente rechazable de la neoizquierda populista: el desprecio de la legalidad. La relación personal del líder izquierdista y la gente consiste en el ejercicio del bien por la (buena) voluntad de aquél: en la Comunidad Valenicana, Antonio Montiel propone usar el dinero del aperitivo de apertura de las Cortes para dar de comer a los niños pobres, Mónica Oltra condiciona el pacto de la izquierda a la dotación de “12.000 rentas para pobres y comedores en verano”. Medidas que están muy bien… pero que, si así se estima, no tienen como límite y marco la legalidad: el ejercicio del bien (ni siquiera la búsqueda de la justicia) está por encima de la ley y, así, oímos decir al secretario general del PCE, José Luis Centella (cito de memoria) que si la Constitución no sirve para solucionar los problemas de la gente, la que no sirve es la Constitución; o a Ada Colau declarar que “si hay que desobedecer leyes que nos parezcan injustas, se desobedecen”; o a Susana Díaz amenazar con la paralización de los servicio sociales si no se desbloquea su investidura, como si dichos servicios (y en el imaginario colectivo de mucha “gente” así es) dependieran de su persona. Hay que destacar que esta actitud de “desobediencia” no es un planteamiento de negación absoluta del orden jurídico burgués o una llamada a la lucha armada, sino que consiste en un uso instrumental, ocasional, de la legalidad y la desobediencia “según nos parezca” (el plural parece mayestático) para hacer el bien.

          Hasta aquí, el “diagnóstico” (en la segunda parte la “prescripción”), estrictamente personal, (no he leído a Laclau todavía) de las características  de la izquierda postmoderna y populista realmente existente… dejando de lado el otro extremo, pues frente a lo urgente, lo que hay que hacer ya, ahora y dejarse de palabrería, está la constelación de “causas” (identitarias, sectoriales, grupusculares…) de todo tipo a la que la izquierda se entrega generosa en su deseo de bondad. En medio está el proletariado. Pasmado.

dimarts, 12 de febrer del 2013

El proletariado invisible (III)



No sólo no existe una cultura proletaria, sino que no existirá jamás. Las habladurías sin forma ni fundamento acerca de una cultura proletaria, por analogía y antítesis respecto a la cultura burguesa, provienen de la comparación superficial de los destinos históricos del proletariado y de la burguesía”.

León Trotsky, Literatura y Revolución.


Obviamente, que no exista literatura, pintura o escultura proletaria no implica la inexistencia de valores, tradiciones, costumbres, instituciones e intelectuales propios de la clase obrera. De hecho en la primera entrada de esta serie de artículos partíamos de la contraposición de dos grupos de valores del proletariado y en la segunda veíamos cómo cierta intelectualidad de izquierdas (que no orgánicamente obrera) optaba por alguno de estos valores con la finalidad de hacer aflorar la verdadera identidad proletaria. De hecho, la izquierda, desde hace algunas décadas ya, es obstinadamente identitaria. Las políticas de identidad, centradas en la emancipación cultural, han sustituido las políticas de clase y con ello nos enfrentamos al absurdo teórico en el que se encuentra el socialismo. 
En efecto, la emancipación nacional se consigue eliminando aquellas adherencias que desfiguran un pueblo y le impiden ser él mismo (la dependencia económica, la minorización de su lengua, el menosprecio de su cultura, la falsificación de su historia, etc.); la emancipación de género se consigue eliminando los estereotipos y violencias con los que el patriarcado ha lastrado a la mujer impidiéndole ser ella misma; la emancipación afectivo-sexual se alcanza deshaciendo el nudo de marginación, violencia y discriminación, que impide a gays y lesbianas ser ellos mismos; el respeto por la diversidad cultural y religiosa se obtiene cuando cada cual puede ser comunitariamente él mismo en una sociedad multicultural (hasta la política urbanísitca ha de conservar y revivificar la identidad de los barrios liberándolos de las excavadoras asesinas)… 
Por lo que respecta al proletariado este esquema no funciona: la liberación de la clase obrera no se produce cuando la “limpiamos” de las adherencias con que la cultura burguesa la ha impregnado (en sus escuelas, en sus iglesias, en su modelo de familia) y, así, limpito, descubrimos al obrero en su identidad misma, en su idéntica mismidad. Lo que hace tiempo que no le entra a la izquierda en la cabeza (seguramente porque la tiene metida en el culo) es que la emancipación de la clase obrera no se consigue descubriendo el auténtico ser del proletariado sino, precisamente, liberándola de ese ser proletario. El obrero se emancipa dejando de ser obrero y no siendo un obrero comme il faut. Porque el ser proletario no viene determinado por un inventario de rasgos culturales que nos resulten más o menos simpáticos o “antiburgueses”. La incomodidad que provoca la “identidad cani” entre la intelectualidad progresista (como se puede apreciar en el artículo de Xavier Aliaga) se produce porque es identidad proletaria, identidad antiburguesa, identidad potenciada de manera más o menos consciente por los teóricos de izquierdas, identidad que exige e impone violentamente su reconocimiento entre otras identidades… y es una identidad fascista.

Será necesario preguntarse (volver a preguntarse) qué valores de la clase obrera contribuyen a la emancipación de la clase obrera: aquellos que encandilan a los teóricos que observan al proletariado (en la mayoría de los casos desde su pertenencia a la burguesía) como un hermoso y pintoresco bloque homogéneo que hay que conservar idéntico a sí mismo, o aquellos otros que pueden contribuir a la pérdida (es decir a la liberación) del ser proletario.

(Mañana el último…. O el mes que viene)

dijous, 7 de febrer del 2013

El proletariado invisible (II)



Los padres se quejan de que los hijos se limitan a "ir y venir",
no contribuyen en nada cuando trabajan (a menos que se les presione).
Mientras que los hijos se gastan todos sus ingresos en equipos electrónicos,
fines de semana en bares y discotecas, y lo que sobre para unas eventuales vacaciones.

Del Informe Petras


El sociólogo norteamericano James Petras, en su famoso Informe de mediados de la última década del siglo XX analiza la dialéctica de valores de la clase obrera en términos de “brecha generacional”,  relacionada con la estabilidad o precariedad en el empleo: “…la estabilidad en el empleo proporcionaba una base para la continuidad y un grado relativo de certidumbre a la hora de hacer proyectos para tu ciclo vital. Por supuesto, el trabajo era duro, las horas eran muchas y los salarios bajos pero había, especialmente a principios de los 70, un montón de oportunidades para presionar y luchar por sustanciales incrementos salariales y por un ensanchamiento de la red social. Empleo, matrimonio, montar la "casa", alquilar, luego ahorrar, un pago al contado y la compra de un piso... hijos... visitas a la familia el domingo... la adquisición de un coche barato... educar a los niños... para algunos incluso un pequeño apartamento en una urbanización popular o una casa de campo para las vacaciones de verano...” El proletariado que describe Petras no es precisamente “revolucionario”; más bien podríamos caracterizarlo como partidario de un “reformismo fuerte” que asegurase el bienestar y el “mejorser” de los hijos. Paralelamente, el Partido Comunista de los setenta se convertía al reformismo eurocomunista. Era el momento óptimo para la conjunción de la Clase Obrera y el Comunismo pero, paradójicamente, la intelectualidad de izquierdas se dedicaba a dinamitar los valores de aquel proletariado reformista. 
Creo que es indudable el apego instintivo de la clase trabajadora a la escuela, su ansia por apropiarse del saber, pues bien, en la revista teórica del Partido Comunista de España podemos leer, en 1977 que “la clase obrera suele valorar la escuela con criterios sumamente instrumentales (la instrucción como medio de promoción individual, para liberarse de la condición obrera) [...] No es ajeno a ello el hecho de que la ideología imperante en la enseñanza ignora por completo la cultura obrera, los hábitos y la vida de las masas trabajadoras.” Hay aquí (aparte de una gilipollez teórica notable, por muy Joaquim Sempere que lo escriba) una admonición moralista intolerable que encuentra eco incluso en el capítulo correspondiente de la Historia de España de Tuñón de Lara y que desemboca (lo que ha sido muchísimo más grave) en teorizaciones pedagógicas con implicaciones nefastas en nuestro sistema educativo: “Se rechaza el habla porque se construyen mal las frases o porque se usan palabras malsonantes o poco distinguidas o por una entonación demasiado localista o socialmente desprestigiada. También son rechazados ciertos usos sociales o mal gusto estético y todo aquello que se inscribe en gustos plebeyos o poco distinguidos en el vestir, diversiones, etc. También se rechaza todo eso que se entiende por improcedente, mal visto o condenable, vulgar o pecaminoso [...] Y el éxito escolar depende de la aceptación de conductas de tipo limpio, ordenado, obediente, bien presentado, no contestón etc.; todo lo que se sitúa en la línea de la ideología dominante en cuanto a comportamientos que se han llegado a capitalizar como cultura aceptada, valiosa, superior.”
Es decir, mientras el proletariado exige conocimiento los teóricos de la izquierda (¡Dios mío, sus teóricos!) le suministran identidad; y esa identidad, que no debe ser desechada so pena de ser considerado un traidor a la “cultura obrera”, consiste en “construir mal las frases”, “usas palabras malsonantes”, “tener mal gusto”, “ser vulgar”... y fracasar en la escuela, mientras que ser limpio, ordenado, etc. es caer en la “ideología dominante". Semejante sarta de estupideces (si eres un obrero tienes que ser un puto guarro, hozar en tu propia ignorancia y hablar de puta pena) pertenece al pedagogo más valorado por la izquierda española, Gonzalo Anaya, y han condicionado la práctica docente de cientos de enseñantes, cuyo ideal pedagógico parece ser Belén Esteban o “el Jonatan”, el hijo de Aida.
(Mañana más... o pasado mañana, que la constancia es un valor burgués de mierda)