divendres, 20 de març del 2015

Cuando despertó, el monstruo ya estaba allí (Interpretación de La metamorfosis de Kafka)

La burguesía ha arrancado a las relaciones familiares
su velo emotivamente sentimental, reduciéndolas a meras relaciones de dinero

K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista




          
            La Metamorfosis de Kafka se estudia como ejemplo de la renovación narrativa del siglo XX. Se entiende esta renovación con respecto a los cánones establecidos por la novela realista decimonónica. Sin embargo, Kafka se ciñe casi escrupulosamente al modelo impugnado: en la obra aparece un narrador omnisciente en tercera persona, que focaliza su mirada en uno de los personajes de la trama y que nos cuenta una anécdota situada en un tiempo cercano y limitado; en un espacio concretísimo, de carácter privado que atañe a los miembros de la pequeña-burguesía urbana. A su vez, los hechos son narrados de manera lineal, siguiendo un riguroso orden de causa-consecuencia. Todas estas características, comunes a la narrativa realista, constituían una práctica literaria al servicio de la verosimilitud, según la definición sthendaliana que entiende la novela como “un espejo a lo largo del camino”. En este sentido, quizás la principal aportación de Kafka a la renovación narrativa es, precisamente, la ruptura con el principio de verosimilitud: con el instrumental realista nuestro autor construye una fábula que no refleja de manera superficial la realidad, sino que saca a la luz el mecanismo que rige esa realidad. Para ello se sirve no del espejo plano que presupone el realismo, sino del espejo cóncavo que, deformando el mundo, ahonda en su interior, en su verdadero ser. Debemos preguntarnos qué ser es ése y cómo lo muestra Kafka. Empecemos por esto último.
            La lectura de las primeras líneas de La metamorfosis nos provoca una gran incomodidad que no nos abandona en ningún momento. Leemos que una persona ha despertado convertida en un enorme insecto. A partir de aquí cabe esperar un desarrollo  narrativo de algún modo verosímil. Esperamos un relato de corte fantástico o, una explicación del fenómeno, o una actuación consecuente de los que rodean a Gregor Samsa. Incluso éste se asombra de que no avisen al médico. Es esta desazón que nos produce el inicio inverosímil, seguido de un desarrollo absolutamente fiel a las técnicas del realismo burgués, lo que podríamos metaforizar como la “concavidad del espejo”: ante la metamorfosis estamos obligados a interpretar, conminados a buscar sentido a algo que, en principio, se nos presenta como absurdo, entendiendo como tal no la metamorfosis en sí, sino el desarrollo a la vez coherente pero inverosímil de esa metamorfosis. En esta tesitura la figura del gran insecto sólo puede ser entendida como algún tipo de símbolo. Y  la pregunta que nos hacemos es qué simboliza Gregorio Samsa. Para responder a esta pregunta tenemos que considerar el entramado de relaciones que, teniendo al protagonista como eje, se establecen en la novela. Esta red de relaciones sociales constituye  la esencia de la sociedad burguesa, del mundo, al que nos referíamos. Antes de seguir recordemos que lo que genéricamente llamamos “sociedad burguesa” nace con la Revolución francesa y la Ilustración, es decir, se concibe a sí misma como producto de la Razón. Sabemos que la razón es aquello que nos permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo útil de lo inútil. Es este último uso de la razón, la “razón instrumental”, el ajuste no contradictorio entre medios y fines el que se muestra en toda su potencia, en toda su despiadada eficacia en la obra. El protagonista se queja de que en su trabajo no se pueden establecer verdaderas relaciones humanas y fía su propia humanidad al ámbito familiar. Su vida es humana en tanto que es entrega al otro: al padre, al que sostiene en su  vejez; a la hermana a la que quiere ayudar en su vocación musical; a sí mismo en sus estudios y sus trabajos creativos, y a su madre en su delicada salud. Según Germán Gullón en su introducción a Miau de Benito Pérez Galdós, por oposición al ámbito de lo público, a la sociedad civil, “el hogar es el centro donde nacen, se desarrollan y preservan los sentimientos de cariño, los lazos de unión entre los miembros de la familia, lo que podemos denominar los sentimientos humanos. Se hace así normal que los padres quieran a los hijos y viceversa, que se cuiden cuando están enfermos; por eso, cuando aparezca un personaje cuya actuación se salga de esas normas lo podamos calificar de monstruo”. Si esto es así, nos preguntamos… en La metamorfosis ¿dónde está el monstruo, si el pobre Gregor es modelo de esta actitud familiar, humana? ¿Por qué se le castiga de manera tan brutal e injusta, sin que ni siquiera él mismo o sus familiares se interroguen sobre la monstruosidad del cambio? Volvemos a situarnos en el terreno de lo simbólico: el verdadero monstruo, el que introduce la razón instrumental del capitalismo moderno y desborda la razón cordial del ámbito familiar es el gerente que viene a interrogar por la ausencia de Gregorio al trabajo. Éste se sorprende (y esto refuerza nuestra interpretación) de que un personaje de cargo tan elevado realice una función que podría haber llevado a cabo un conserje o cualquier subalterno. La primacía de la razón instrumental, la colonización del “mundo de la vida” por parte del “sistema“, que mucho después de Kafka teorizó la filosofía se encuentra presente de manera magistral en La metamorfosis: la esencia monstruosamente inhumana de la sociedad burocrática capitalista aparece en toda su enorme evidencia en contraste, precisamente, con un pobre bicho raro, que como tal carece de un lenguaje común con el resto de los personajes; de aquí la incomunicación de Gregorio y su soledad. La soledad de Gregorio en su incomunicación, en su encierro en las tinieblas, en las profundidades oscuras, todo ello, remite a un fondo bíblico evidente pero se proyecta también y, fundamentalmente, sobre una problemática moderna. La alienación de Marx, la cosificación de Lukács, la jaula de hierro de Weber, la existencia inauténtica de Heidegger son términos que reproducen en el ámbito filosófico el clamor silencioso desde las tinieblas de Gregorio Samsa. Andando el tiempo la habitación del personaje será El túnel de Ernesto Sabato, su animalización coincide con el extrañamiento de El extranjero de Camus, su incomunicación con el personaje de La náusea de Jean Paul Sartre y Kafka un modelo para el existencialismo literario y filosófico.
            Así pues, el gran insecto simboliza paradójicamente la monstruosidad, la deshumanización, la metamorfosis del conjunto de la sociedad en la que lo humano queda reducido a la condición de rareza entomológica: “El infierno son los otros” nos dice J. P. Sartre. Y, aún así, la desazón permanece, pues, nos preguntamos cómo es posible esta invasión de lo monstruoso en el ámbito cordial. La monstruosidad del gerente puede violar la casa familiar porque el monstruo ya estaba dentro. Gregorio Samsa va descubriendo a lo largo de la novela que la razón paterna coincide con la razón deshumanizada del exterior. Ha sido engañado e instrumentalizado por su propio padre. Éste no es Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo por amor a Dios, ni el propio Dios que sacrifica a su Hijo por amor a los hombres, sino un simple ordenanza que busca su propio beneficio y sacrifica en aras del cálculo egoísta a su hijo. Podemos entender, hasta cierto punto, la deshumanización de la sociedad burocrático-capitalista que reduce a los propios hombres a meros medios para la consecución de un fin, pero cabría esperar que la dignidad humana (ser un fin en sí mismo) fuese respetada en el seno de la familia precisamente por el hecho de que Gregorio no puede ser un medio para nada, es completamente “inútil”. Si antes veíamos en él el símbolo de la alienación y deshumanización de la sociedad burguesa, vemos ahora la condición menesterosa y “arrojada” de la condición humana, abandonada del último soporte: el amor del padre.

            Seguimos interrogándonos por qué la pérdida de ese amor y encontramos la ruptura con el último soporte del orden civilizatorio en el deseo incestuoso de Gregorio hacia su hermana. En la obra el conflicto edípico no se centra en la madre sino en la posesión de la hermana y el orden todo del universo se restablece con la llegada de la primavera, la muerte de Gregorio y la búsqueda de un marido para Grete.

divendres, 23 de gener del 2015

Una lectura cristiana de El principito

…les hablo por medio de parábolas
para que por mucho que miren no vean
y por mucho que oigan no entiendan.
Lucas 8, 10


 

I
            Hay un grupo de facebook formado por filólogos y aficionados a los temas filológicos en el que se debate sobre todo lo divino y lo humano, a veces con un apasionamiento desmedido. La hostilidad que puede despertar una discrepancia sintáctica resulta asombrosa y si el tema de discusión es de carácter literario puede armarse la de Dios es Cristo. Es así que, hace ya unas semanas, apareció un post en el que alguien pedía opinión sobre El principito (la célebre obra de Antoine de Saint-Exupéry) uno de esos libros que parecen no dejar indiferente a nadie: hay quienes lo consideran una ñoñez edulcorada, cursi y pretenciosa y hay quienes ven en él valores morales positivos y universales expuestos de una forma literariamente muy acertada. Un servidor forma parte del segundo grupo… o eso creía yo.
            Digo que eso creía porque, para mi sorpresa, entre detractores y defensores del texto en cuestión,  he creído detectar un acuerdo básico: unos abominan de El principito porque sólo ven en él un pucherito de niño sentencioso que abronca cariñosamente a “los mayores”, como la vocecita infantil que aparecía en una canción de Betty Missiego, que Dios confunda, o las babas de José Luis Perales al graznar aquello de “que canten los niños que viven en paz…” Lo malo es que algunas defensas de la novela de Saint-Exupéry partían de la misma interpretación: la superioridad moral supuestamente incuestionable de la niñez sobre la edad adulta, la bondad presuntamente natural de los niños extrapolada a un mensaje ético de amistad y honestidad y todo eso. Todo eso y la negación del sustrato cristiano (para mí evidente) de la obra. Claro que lo que es evidente para uno no tiene por qué serlo para los demás y los contertulios exigen (justamente) explicaciones, demostraciones. Pero el medio facebookero no parece el más adecuado para la argumentación sostenida y el tema, creo yo, lo requiere pues El principito, desde su propia literalidad, exige interpretación: Esta persona mayor puede comprender todo… Las personas mayores nunca comprenden nada por sí solas… Como las fábulas, como “la fábula del niño y el zorro”; como las parábolas, como “la parábola del aviador y el niño en el desierto”.

II
            Creo que basta un somero repaso a algunos pasajes de El principito para mostrar la influencia de los Evangelios en la novela:

     “-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber...”
     “…Parecerá que me he  muerto y no será verdad…”
     “Lloraba […] Y se sentó porque tenía miedo.”
     “No me separaré de ti… No me separaré de ti… No me separaré de ti.”
     “Al nacer el día no encontré su cuerpo.”

            Y, con todo, no es el carácter cristológico del principito lo esencialmente cristiano de la novela sino, justamente, que ésta puede ser interpretada como la exposición de la esencia misma del cristianismo.
            Algo suficiente y osado es eso de pretender saber cuál es la esencia del cristianismo. De hecho tengo en mi biblioteca tres libros con ese título (La esencia del cristianismo) de tres autores diferentes… Y sin embargo debería ser fácil para un cristiano saber (y decir) qué es eso de ser cristiano y dónde lo pone.
            Creo que lo pone en dos sentencias del Cristo:

     -“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Y el segundo es parecido a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” De estos dos mandamientos pende toda la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas. Mateo 22, 37-40.
     -Os doy este mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros. Así como yo os amo debéis también amaros los unos a los otros. Juan 13, 34.

            La primera de estas sentencias, como compendio del Decálogo, nos remite a la Ley antigua, un código moral positivo asumido por el cristianismo como Ley de Dios. La segunda, específicamente cristiana, no deroga la ley sino que la perfecciona (Mateo 5, 17) y nos manda algo imposible (o sólo al alcance de los santos y los mártires) algo absolutamente incomprensible, irracional, porque Jesús nos manda que amemos al otro no de manera abstracta o de acuerdo a la forma codificada; no se trata de amar a la humanidad sino de amar como Él nos ama, o sea como Aquel que “da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). Dar la vida por mi amigo, con el que mantengo una relación estrechamente personal… Es imposible comprender racionalmente este mandamiento porque implica un milagro. Si entendemos “milagro” como la suspensión de las leyes naturales, obedecer al Cristo supone el milagro de poner en suspenso la ley natural que nos obliga a la “insistencia en el ser”, al spinoziano conatus sese conservandi.
            Cuando el principito se dirige a las rosas les dice “no se puede morir por vosotras”; pero sí por aquella que cuidó y protegió, por aquella a la que se entregó y de la que se hizo responsable: “Soy responsable de mi rosa”. Desmintiendo a Caín (Génesis 4, 9) el buen samaritano responde “soy el guardián de mi hermano”. El núcleo moral de El principito es esa propuesta de entrega personal al otro, en tanto que amistad cultivada, trabajada día a día hasta “domesticarla”, hacerla doméstica, de la casa propia.

III
            Según C. S. Lewis, el autor de Narnia, la dignidad humana no procede de la propia naturaleza del hombre. Un hombre no es “digno”, un fin en sí mismo, infinitamente valioso, per se, sino porque Jesús murió por él. Es el sacrificio del Cristo lo que nos dignifica, lo que nos da sentido, lo que nos “significa”. En palabras que imitan el estilo de Antoine de Saint-Exupéry, la humanidad es buena porque Alguien murió por salvarla, porque en la infinidad de la maldad de los hombres hay oculta la inmensa bondad del que dio la vida por ellos
            Antoine de Saint-Exupéry establece una diferencia tajante entre “ver con los ojos” y “ver con el corazón” y el significado de estas metáforas (por llamarlo de alguna manera) no es letra de sobrecito de azúcar sino contraposición de dos tipos de racionalidad. Una de ellas enfrenta al hombre con las cosas (el hombre de negocios), con el tiempo (el mercader), con los otros hombres (el rey, el vanidoso) incluso consigo mismo (el bebedor) en tanto que objetos ajenos, cuantificables, domeñables, destruibles pero, en cualquier caso, alienados de la propia humanidad. Las estrellas, los súbditos, los admiradores, la propia persona, carecen de realidad porque no remiten a ninguna otra cosa, son objetos no significantes, no significan nada, no son signos. Y es el carácter sígnico lo que dota de realidad a las cosas: el trigo no significa nada para el zorro, pero la relación que establece con el principito transforma el trigo en un significante que le representa el pelo del niño. El desierto, el universo todo, es bello porque significa algo: el pozo, la rosa entre las estrellas. Esta racionalidad “otra”, esencial, va más allá de lo sensible (ver con los ojos) e implica una relación no alienada con las cosas y con el otro.
            Hay algo de misterioso en el funcionamiento de la semiosis: oímos la palabra “rosa” y el sonido muere para dar paso al significado y es necesario que así sea porque “si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, seguirá siendo un solo grano; pero si muere dará fruto abundante” (Juan 12, 24). La intensa relación amorosa produce sentido. Es el sentido del mundo: “si no tengo caridad, nada soy” (I Corintios 13, 2). Fundamenta, en palabras de la filósofa Adela Cortina, una “razón cordial”.
            “Ver con el corazón” es una propuesta ética que niega la cosificación de la realidad y la interpreta como correspondencia significante producto de la relación cordial: “conocemos la verdad no sólo por la razón sino también por el corazón” (Pascal).
           
IV
            La dualidad que nos propone Saint-Exupéry (ver con los ojos / ver con el corazón) se corresponde con una dualidad de sujetos (adultos / niños).            Obviamente la razón que mide, pesa, almacena, domina, es la razón adulta. ¿Significa esto que la propuesta moral de El principito es algo pueril?
            Jesús nos dijo “os aseguro que si no cambiáis y os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. El más importante en el reino de los cielos es aquel que se humilla y se vuelve como este niño” (Mateo 18, 3-4). Solemos interpretar este pasaje desde la idea de la inocencia. Entendemos que hemos de volver a la ausencia de malicia, a una supuesta bondad natural (mancillada por la edad) que nos abre las puertas del Reino. No sé. Agustín de Hipona duda de la inocencia infantil (más bien la niega) con buenas razones e interpreta este pasaje de la siguiente forma:

     “Conque, mi Dios y mi Rey, cuando Vos dijisteis que el reino de los cielos es de aquéllos que eran tales como los párvulos, no tanto fue aprobar en ellos la inocencia, cuanto la humildad que simbolizan por su pequeña estatura.” (San Agustín, Confesiones, capítulo XIX).

            El niño como símbolo de inocencia o como símbolo de humildad. No parece esto último… Habitualmente se ve en El principito lo primero: la inocencia perdida que interpela a la adultez alienada. Y sin embargo el discurso del principito carece de “inocencia”, es bastante elaborado y complejo:

     -Las estrellas son bellas por una flor que no se ve.
     -Lo que embellece el desierto –dijo el principito- es que esconde un pozo en cualquier parte.

            Obviamente es la voz autorial la que habla aquí. Pero atribuida al niño. Es el principito el que habla y conviene saber si lo que dice sale de la inocencia natural de la infancia o es doctrina aprendida:

     -Lo esencial es invisible a los ojos –repitió el principito, a fin de acordarse.
     -El tiempo que perdí con mi rosa… -dijo el principito, a fin de acordarse.
     -Soy responsable de mi rosa… -repitió el principito, a fin de acordarse.

            En la dialéctica entre razón empírica (ver con los ojos) y razón cordial (ver con el corazón) se presupone cierto aprendizaje. “Volverse niño” implica “razonar como un niño” (I Corintios 13, 11) y si algo define la razón del niño no es la inocencia o la humildad: el niño, aunque no comprenda, cree en la razón del padre. De igual forma que el cristiano sacrifica ciertos aspectos de la razón mundana para creer en la Razón (en el Logos) del Padre. Creo que esta puede ser una interpretación recta de la cita evangélica sobre “volverse niño” que ilumina la propuesta ética de El principito: “ver con el corazón” implica aceptación del misterio, de ese misterio que hace bello el desierto por un pozo que no se ve.

            

dimecres, 3 de desembre del 2014

Texto y discurso (para los amigos del grupo de filólogos de facebook por si aprovecha para algo)

 

 


Dirigido a estudiantes de 2º curso de Bachillerato

Jesús Párraga Serrano
Departamento de Castellano, Lengua y Literatura
IES de Albal.



            Es ya tradicional comenzar el estudio del concepto “texto” o “discurso” aludiendo a las limitaciones que en su día se advirtieron en la llamada “gramática de la oración”. En efecto: hemos visto en clase cómo los distintos subsistemas gramaticales (fonológico, morfológico, etc.) y las distintas disciplinas que se ocupan de su estudio tienen su expresión más acabada en la sintaxis y la unidad gramatical que llamamos “oración”. No obstante, los distintos conceptos sintácticos (sujeto, predicado, complementos, concordancia, dependencia, etc.) se demostraron incapaces de dar cuenta de algunos fenómenos que, teniendo una clara sustancia sintáctica, excedían las fronteras de la oración. En el ejemplo 1 podemos ver cómo es necesario considerar la existencia de una unidad gramatical superior a la oración en el funcionamiento de la Lengua:

Padre: –¡He visto a la yaya! Me ha dicho que va a venir a verte.
Niño (de dos años y algunos meses):  –¿Quién?
[Ejemplo 1]

            Para un oyente adulto es obvio que el sujeto de la segunda oración (elíptico) es correferente del complemento directo de la primera, mientras que el sujeto de la primera (elíptico) pasa a ser complemento indirecto de la segunda. La interiorización de este entramado de relaciones anafóricas presupone el desarrollo de lo que algunos autores denominan “competencia textual”. Competencia aún no desarrollada en el niño que necesita una aclaración (desambiguación) sobre quién va a venir a verle pues parece percibir los dos enunciados como entidades separadas sin relación entre sí (relación que en realidad es compleja). En cualquier caso fenómenos de ordenación y correlación de oraciones como el que hemos visto (sustitución por elipsis, redundancia, pronominalización, progresión de enunciados tema/rema...) escapan a la descripción sintáctica oracional y exigen la consideración de una unidad gramatical que hemos convenido en llamar “texto.”

            Paralelamente a las insuficiencias que hemos comentado (es también tradicional señalar el funcionamiento textual del uso del artículo), contribuye asimismo al proceso de acercamiento a la idea de “texto” la observación de éste en tanto que unidad comunicativa cuyo significado unitario excede (y en algunos casos incluso contradice) la significación de las unidades sígnicas que lo forman. Veamos un ejemplo:

–Juan es un perro.
 [Ejemplo 2]

            El significado literal del enunciado del ejemplo 2 sería algo así como “existe un perro (animal canino, doméstico, etc.) cuyo nombre es Juan”. Sin embargo no es necesario explicitar el contexto de este enunciado para que, como oyentes, infiramos que el significado contextual (convengamos, a partir de ahora, en denominar “sentido” a este tipo de significados) sería aproximadamente el siguiente: “existe una persona llamada Juan, poseedor de una serie de características tales que podemos compararle con un perro”. Desentrañar las coincidencias semánticas entre el tal Juan y el concepto “perro” supondría explicar el funcionamiento de la metáfora, lo que, por ahora, no hace al caso. Lo que nos interesa es destacar la falta de correspondencia que se da en ocasiones entre el significado del conjunto de signos que componen un discurso y la significación real de dicho enunciado (su sentido) en un proceso de comunicación dado.

            Tenemos, por lo tanto, dos vías de acercamiento al concepto de “texto”: una de ellas lo considera como una unidad más, de carácter en cierto modo sintáctico, totalizante, del sistema lingüístico; la otra insiste en la naturaleza del texto como unidad comunicativa cuyo sentido es de orden situacional, pragmático. Es necesario atender a esta doble vía y no confundirlas pues refieren a la venerable distinción saussureana entre Lengua y Habla y su consideración indiferenciada puede llevarnos a confusiones epistemológicas graves que repercuten en el análisis textual-discursivo. Dicho sea de forma esquemática y para aprovechar la diferencia terminológica entre “texto” y “discurso” (términos que muchos autores consideran sinónimos):


TEXTO
 

LENGUA
Unidad máxima de la Lengua definible como conjunto organizado y jerarquizado de signos de extensión indeterminada y cierre semántico. Se trataría, por lo tanto, de una unidad abstracta cuyas reglas de funcionamiento son explicitadas por una disciplina que podríamos llamar “Gramática del texto.”



HABLA
 

DISCURSO
 
Realización del texto en una situación comunicativa dada como unidad de comunicación con sentido unitario. De su estudio se ocuparía la “Lingüística del discurso” y la “Pragmática.”
[Esquema 1]

            Advirtamos que la diferenciación entre las nociones de “texto” y “discurso” como unidades de la Langue y de la Parole respectivamente no es algo estrictamente consolidado en la disciplina lingüística, sin embargo es una forma práctica de adscribir sentido a dos nociones que suelen confundirse y que puede resultar productiva en varios sentidos. En primer lugar nos permite definir el texto como máxima expresión del signo lingüístico sin extraviarnos en la vieja discusión sobre el significado como relación biunívoca con el significante en el seno del signo o como resultado del uso del signo en la comunicación concreta. Veámoslo de manera esquemática:

LENGUA
Signo Lingüístco = 
Significante
Texto =
Estructura Superficial

Significado
Estructura Profunda


HABLA
                                 Sentido                               
Discurso

[Esquema 2]

            Como vemos en el esquema 2, el significado pertenece a la Lengua mientras que el sentido pertenece al Habla (el referente, otro elemento considerado como parte del signo por algunos teóricos, estaría situado en la realidad extralingüística, en el mundo.)

            Significado y sentido pueden coincidir estrictamente en enunciados como el siguiente:

–Rin-tin-tin es un perro.
[Ejemplo 3]

            Pero difieren notablemente en el ejemplo 2.

            ¿Quiere decir todo esto que el uso de las palabras puede independizarse de su significado en el código de la Lengua? Creemos que no, pues el sentido que puede alcanzar una palabra (quedémonos por ahora en este nivel elemental) en su uso cotidiano está limitado por la significación de dicha palabra en el seno del sistema. Es decir, no podemos adscribir un sentido arbitrario a un enunciado (salvo en ámbitos de uso muy concretos como la poesía o la hiperconvencionalidad de las contraseñas) sin contar con una previa convención semántica (social, abstracta, propia de la Lengua) que permita la inteligibilidad del mensaje. Prestad atención a esto: al analizar un discurso no todas las interpretaciones son válidas sino sólo aquellas (incluso sobraría el plural) que responden a una relación de inteligibilidad entre significado y sentido, entre Lengua y Habla. Quizás otro esquema aclare algo las cosas:

LENGUA
Significante
/pérro/
Significado
+animado
+animal
.
.
.
+canino
+doméstico
+fidelidad
+fiereza
.
.
.
+pereza
+cariño
Semas denotativos
Semas connotativos

HABLA
Sentido
–Rin-tin-tin es un perro
–Juan es un perro
[Esquema 3]

            En “Rin-tin-tin es un perro” el sentido de “perro” deriva directamente de la significación denotativa mientras que en “Juan es un perro” el límite del sentido está en los semas connotativos que socialmente adscribimos al término “perro”, en este caso “+pereza”. De hecho si quisiéramos poner en funcionamiento otros semas como productores de sentido nos veríamos obligados  a modificar el mensaje: “Juan es un perro guardián” (+fiereza); “Juan es un perrito faldero” (+fidelidad)

            En mensajes más complejos la producción de sentido requiere, a su vez, de mecanismos de funcionamiento más sofisticado (modalización, implicaturas, inferencias...) que iremos estudiando al avanzar en el análisis de textos.

            Volvamos a la dicotomía “texto/discurso” que consideramos proporcional a la de Lengua/Habla y “significado/sentido”. De manera espontánea tenemos la tendencia a relacionar “discurso” con los usos orales de la Lengua mientras que “texto” remite a su uso escrito. Esta diferenciación no es estrictamente correcta: un discurso oral presupone un texto del cual es realización concreta y un texto escrito, al ser actualizado por el lector, se convierte en discurso. Sin embargo, incluso en el diccionario se nos remite al par “escrito/oral” para diferenciar “texto” y “discurso”. En cierta forma esta tendencia viene a confirmar la sentencia de Rousseau: “La escritura, que al parecer debería fijar la lengua, es precisamente lo que la altera; no cambia las palabras, sino el genio mismo de la lengua; reemplaza la exactitud por la expresión. Uno comunica sus sentimientos cuando habla y sus ideas cuando escribe. Al escribir se ve uno obligado a tomar todas las palabras en su sentido común; pero quien habla varía las acepciones con los tonos, las determina a placer.” Genialmente, Rousseau, establece la diferencia entre uso oral y escrito de la lengua (ver esquema anexo) y fundamenta nuestra opinión de que el texto tiende a la Langue (fijación, exactitud, ideas, sentido común) mientras que el discurso tiende a la Parole (expresión, sentimientos, cambio de las acepciones, importancia del contexto). Digamos que en el uso escrito de la lengua lo textual predomina sobre lo discursivo y en el uso oral lo discursivo predomina sobre lo textual. A partir de aquí podemos centrarnos en lo que va a ser el objeto fundamental del curso: el texto escrito de carácter expositivo-argumentativo. Para una caracterización final del concepto “texto” tenemos que considerar, por supuesto, el rastro de los discursivo en lo textual y diríamos: “Llamamos texto a la máxima unidad sígnica de la Lengua, de extensión imprecisa, compuesta de un conjunto de signos organizados y jerarquizados, con cierre semántico susceptible de producir un sentido unitario (una unidad de comunicación) en un proceso de comunicación dado.” Las características que consideramos definitorias del texto determinan sus propiedades y sus diferentes instancias de análisis:

TEXTO
Estructura Superficial
Nivel de la Cohesión
Mecanismos de Cohesión Textual
Gramática del texto
Estructura profunda
Nivel de la Coherencia
Mecanismos de Coherencia Textual
Lingüística del texto/discurso
Nivel de la Adecuación
Mecanismos de Adecuación a la Situación Comunicativa
Pragmática
[Esquema 4]

            Es necesario hacer notar que la propiedad del texto que llamamos “adecuación” es la marca de lo discursivo en lo textual. El texto escrito incorpora la adecuación a la situación comunicativa, propia del uso oral de la lengua en el que el entorno inmediato es decisivo para la producción de sentido. Esta incorporación posibilita una cierta indiferenciación teórica entre “texto” y “discurso”, permitiéndonos analizar el texto como un todo que es a la vez parte de la Lengua y puente entre ésta y el Habla.

            A partir de aquí podemos estudiar los conceptos de “Cohesión”, “Coherencia” y “Adecuación” 










dimarts, 24 de juny del 2014

Una mirada benevolente sobre el mundo. A propósito de La noche en arras, de Agustín Pérez Leal.




Daréte en arras y dote
(del Romancero)
¡Qué respeto por la idea!
Juan Ramón Jiménez

Además de inevitables, los prejuicios son muy convenientes. Sobre todo a la hora de leer y, más aún, a la hora de leer versos: funcionan como una especie de hipótesis, como un marco de referencias en el que encajar (aunque sea a martillazos) los poemas. Afortunadamente hay veces en l

as que el apriori hipotético se ve desmentido por la experiencia. Así en la lectura de La noche en arras de Agustín Pérez Leal[1]. Más o menos el juicio previo (mi prejuicio) vendría a ser “¡otro libro de nocturnidad y sordidez!¡otro rosario de soledades, de bares oscuros y amores etílicos!” Es un prejuicio fuerte que cede apenas vista la caracterización de “la noche” como prenda de un contrato íntimo. A alguien se le ofrece la noche “en arras” pero ese alguien es, como aclara la dedicatoria, “vivo sol azul de agosto” y hete aquí que en un libro de título nocturnal apenas aparece la noche en un par de ocasiones y como alusión de velada intimidad:

mientras se duerme el mundo una vez más,
voy a barrer la noche del balcón.
                                ………
La noche
                vela por ti y por mí…

Lo demás es del dominio de la luz. Luz que se despliega en todos los soles del día:

…y a los primeros
rayos de sol azul…
………
en los pocos minutos que usa el sol
para venir a plomo sobre el mundo
………
los minutos
de oscuro sol que quedan…

y que comparte con el agua gran parte del protagonismo del poemario hasta el punto de confundirse en una sola cosa:

…de la luz hecha agua
………
…y las manos bien claras y precisas:
como si las mirara bajo el agua.
Con un torpe ademán
me las lavo en la luz, sin darme cuenta.

            Maridaje diurno de agua y luz no menos íntimo que aquel otro por el que la noche vela y que soporta toda la arquitectura de La noche en arras en dos poemas emblemáticos:



LA ALBERCA

Con los primeros soles de febrero 
quiero limpiar la alberca, 
vaciarla una noche y rastrillar 
las paredes azules, verdinosas, 
y el suelo negro y tibio, recubierto 
de limo, hojas podridas, excrementos, 
restos de insectos, pajarillos 
muertos. Quiero llenarla 
de agua limpia otra vez 
y esperar que remanse. 
Quiero dejar que el sol la fertilice, 
verla llena de niños en agosto, 
usarla para el riego.

Quiero morir ahogado en ella un día.


EL LAVADERO

Como en aquella vieja
piscina de la prueba, entran aquí
las camisas grasientas,
los turbios pantalones manoseados,
las sábanas cansadas, los pañales,
y emergen luego sólidos de luz,
ingrávidos al sol, resucitados.

Como se recuperan de sus llagas,
así recobra el agua su dulzura
de noche en calma
y amanece más limpia
después de la refriega.

En la página en blanco
una marca de agua.
Así el poema.

También sueñan ser salvas las palabras.



La densidad simbólica de estos versos requeriría un análisis más minucioso. Baste, para el objeto de estas líneas, señalar la conjunción de significados de lo que es útero y sepulcro, fertilidad, limpieza, vida, muerte y resurrección en el agua y en la luz. Más allá de las referencias culturales cristianas algunas palabras aspiran a ser la “poética” del libro y toda poética es también una declaración ética. Que, si es posible, hay que explicitar.
El oficio de poeta es una forma de ese “existenciario” que consiste en hacerse cargo de sí mismo en la cotidianeidad del trato con el mundo. Así, pulir unos versos, trabajar la tierra, limpiar la alberca, cuidar el huerto vienen a ser la misma labor:

Yo conozco la tierra que labré:
igual en todas partes. Yo la traje
toda de junto al río. Es
la misma tierra
con agua igual
[…]
Me arrodillo a regar
y escribir con el agua.
[…]
No procuro entender
ni explicarme el prodigio.
………
Me llega el alba. Estoy
puliendo un verso.

Ya
no sé
si este brillo que veo
es de sol que remonta
o es de palabra.

                No procuro entender / ni explicarme el prodigio. Bien está: el poeta tiene ese derecho. Pero el crítico, siquiera sea de afición, tiene el deber, precisamente, de explicar el “prodigio”. En este caso, dar cuenta de la naturaleza del mester del poeta. Para ello convienen otros prejuicios en forma de etiquetas y clasificaciones literarias. Pero no hace al caso pues  no domino la jerga y además no me parece necesaria: con matices y escuelas circunstanciales, más o menos afortunadas, la única práctica poética posible en nuestra “contemporaneidad”, ya tan larga, es la simbolista. En un mundo que ha convertido la pregunta lyotardiana “para qué sirve” en LA pregunta, en el que, desaparecida definitivamente cualquier comunidad de significados simbólicos y ante la evidente abdicación de la razón para dar cuenta de la realidad, en un mundo de individuos atomizados y perplejos, sólo la indagación por el sentido puede sustentar la labor poética. Al menos en aquella poesía que se concibe a sí misma con algo de cordura. Difícilmente puede explicarse mejor que aquí:

                                   UN ERMITAÑO

Si procuro vivir,
si me esfuerzo en saberme y ser vivido,
y he abierto las ventanas
a las cuatro estaciones,
y he dado de beber a la serpiente;

si casi siempre intento la mesura,
la palabra en su fiel y la plomada
quieta en su descender;

el trabajo completo,
la franqueza,

y busco el agua fresca, y busco el pan
y el sueño
y el ocaso y la aurora con paciencia,

y procuro estar limpio
y canto
y lloro,

¿qué me quieres decir con tanta nieve?

Una vez desaparecidos la gramática de una simbología comunitaria (en la remota poesía popular) y el intento, con fecha de caducidad, de racionalizar silogísticamente los versos, desde hace ya casi un par de siglos es al poeta buscador de significados a quien compete la construcción de la realidad. “¿Qué me quieres decir”, esto es, “¿qué significa?”, es la pregunta poética pertinente.
El hombre común ve la realidad de acuerdo a dos parámetros: cuál es el valor de uso de esta cosa, cuál es su valor de cambio. El poeta no acata esta medida y acude a una correspondance más real, si se quiere más esencial: qué significa esto. Lo que realiza las cosas, lo que las convierte en reales, no es su uso o su precio sino su cualidad de signo. El simbolismo es, de hecho, lo que Husserl llamaba una suspensión del juicio de realidad sobre las cosas, un intento de ir “a las cosas mismas”, a su esencia en tanto que signo: una alberca sirve para contener agua y bañarse en ella y sirve también para regar y cuesta tanto trabajo hacerla y ese trabajo se puede medir en un salario. Pero una alberca es aquello que simboliza. La suspensión del juicio sobre la realidad de las cosas supone el trabajo de limpiarlas de las adherencias del uso cotidiano (mediante técnica y esfuerzo y oficio) para rescatarlas de la sintaxis del mundo a la busca de su esencia. Pero eso, en última instancia (Claudio Rodríguez lo sabía) es un don, viene del cielo.
He aquí que necesitamos al poeta para que dote de realidad a lo que sólo tiene utilidad o precio. El poeta necesario es aquel que nos redime de nuestra condición a-sígnica. Y creo que Agustín Pérez Leal pertenece a esa raza, cuyo trabajo (de poeta, labrador, ermitaño, paseante) sobre los nombres del mundo ilumina las cosas, desvela, como quiere la palabra griega aletheia, su ser.
Y sin embargo… el prodigio permanece. Porque no es lo mismo mirar cómo la oscuridad de la lluvia y las nubes dan paso al rojizo atardecer y “desvelar” ese hecho como

                        Ahora escampa: se abre
el cielo, una granada en desazón.

No es lo mismo, digo, que contemplar el sol poniente y motejarlo de “espléndida joroba de la tarde”, como leí hace tiempo en un “poeta”. Hay poetas y poetas, por supuesto, pero quiero pensar que el genio personal tiene también algo que ver con la disposición a aceptar ese don que viene del cielo:

                                   a lo oscuro me vengo a abandonar.
………
Vengan a ella el frío boreal,
el huracán de múrice, la brisa
vespertina o el implacable fuego,

            A lo oscuro me vengo a abandonar… En las primeras líneas de esta reseña comenté, de pasada, el fondo cristiano de la simbología de La noche en arras, una tierra, me parece, propicia para acoger el don de desvelar lo real, no sujeta a ortodoxias y códigos sino a cierto misticismo cordial:

                               El corazón es uno de esos pájaros
que ocultan con sus trinos el pinar.
Sólo uno más.
………
En mis pulmones llenos de raíces
anida el petirrojo cada año.
Canto, y se canta él solo;
me oyes y le escuchas trajinar.
………
algún día
avena loca voy
a ser, que el labrador
con infinitos
cuidados y en silencio
arranca de raíz.

            Es esa disposición del alma la que da cobijo al genio:

Es tiempo de ara y tiempo de cosecha:
los objetos me apoyan
y las cosas se ponen de mi parte.

            Sería prolijo (y no me siento competente para ello) ahondar en los referentes éticos y estéticos a quienes explícitamente se acoge el poeta (Margarita Porete, Simone Weil, Mark Rothko, Juan Taulero, Rainer Maria Rilke,  Ósip Mandelshtam), pero la interpretación que aquí se da de los versos de Agustín Pérez Leal creo que no los contradice: una mirada benevolente sobre el mundo, capaz de desvelar la esencia de las cosas, sólo es posible desde un alma que admite, que se entrega, a la magnífica sentencia:

                                   lo que sacia es la voz
derramada, gustada
— aquí habla sola Amor —
y hecha palabra.
                              


[1] Agustín Pérez Leal (Teruel, 1965) es licenciado en Filología por la Universidad de Zaragoza. Reside en Alicante, donde da clases en un Instituto de Secundaria. Ha publicado en Pre-Textos: Cuarto Cuaderno o Libro de Siberia (2001) y La Noche en Arras (2006), Premio internacional de poesía “Gerardo Diego”. Colabora a menudo con reseñas sobre poesía en la revista Turia, de Teruel. Poemas suyos figuran en las antologías Orfeo XXI (Gijón, Libros del Pexe, 2005), Jóvenes poetas españoles (México D.F, La Jornada, 2007), La geometría y el ensueño (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013) y Vida callada (Valencia, Pre-Textos, 2013).