dimarts, 24 de juny del 2014

Una mirada benevolente sobre el mundo. A propósito de La noche en arras, de Agustín Pérez Leal.




Daréte en arras y dote
(del Romancero)
¡Qué respeto por la idea!
Juan Ramón Jiménez

Además de inevitables, los prejuicios son muy convenientes. Sobre todo a la hora de leer y, más aún, a la hora de leer versos: funcionan como una especie de hipótesis, como un marco de referencias en el que encajar (aunque sea a martillazos) los poemas. Afortunadamente hay veces en l

as que el apriori hipotético se ve desmentido por la experiencia. Así en la lectura de La noche en arras de Agustín Pérez Leal[1]. Más o menos el juicio previo (mi prejuicio) vendría a ser “¡otro libro de nocturnidad y sordidez!¡otro rosario de soledades, de bares oscuros y amores etílicos!” Es un prejuicio fuerte que cede apenas vista la caracterización de “la noche” como prenda de un contrato íntimo. A alguien se le ofrece la noche “en arras” pero ese alguien es, como aclara la dedicatoria, “vivo sol azul de agosto” y hete aquí que en un libro de título nocturnal apenas aparece la noche en un par de ocasiones y como alusión de velada intimidad:

mientras se duerme el mundo una vez más,
voy a barrer la noche del balcón.
                                ………
La noche
                vela por ti y por mí…

Lo demás es del dominio de la luz. Luz que se despliega en todos los soles del día:

…y a los primeros
rayos de sol azul…
………
en los pocos minutos que usa el sol
para venir a plomo sobre el mundo
………
los minutos
de oscuro sol que quedan…

y que comparte con el agua gran parte del protagonismo del poemario hasta el punto de confundirse en una sola cosa:

…de la luz hecha agua
………
…y las manos bien claras y precisas:
como si las mirara bajo el agua.
Con un torpe ademán
me las lavo en la luz, sin darme cuenta.

            Maridaje diurno de agua y luz no menos íntimo que aquel otro por el que la noche vela y que soporta toda la arquitectura de La noche en arras en dos poemas emblemáticos:



LA ALBERCA

Con los primeros soles de febrero 
quiero limpiar la alberca, 
vaciarla una noche y rastrillar 
las paredes azules, verdinosas, 
y el suelo negro y tibio, recubierto 
de limo, hojas podridas, excrementos, 
restos de insectos, pajarillos 
muertos. Quiero llenarla 
de agua limpia otra vez 
y esperar que remanse. 
Quiero dejar que el sol la fertilice, 
verla llena de niños en agosto, 
usarla para el riego.

Quiero morir ahogado en ella un día.


EL LAVADERO

Como en aquella vieja
piscina de la prueba, entran aquí
las camisas grasientas,
los turbios pantalones manoseados,
las sábanas cansadas, los pañales,
y emergen luego sólidos de luz,
ingrávidos al sol, resucitados.

Como se recuperan de sus llagas,
así recobra el agua su dulzura
de noche en calma
y amanece más limpia
después de la refriega.

En la página en blanco
una marca de agua.
Así el poema.

También sueñan ser salvas las palabras.



La densidad simbólica de estos versos requeriría un análisis más minucioso. Baste, para el objeto de estas líneas, señalar la conjunción de significados de lo que es útero y sepulcro, fertilidad, limpieza, vida, muerte y resurrección en el agua y en la luz. Más allá de las referencias culturales cristianas algunas palabras aspiran a ser la “poética” del libro y toda poética es también una declaración ética. Que, si es posible, hay que explicitar.
El oficio de poeta es una forma de ese “existenciario” que consiste en hacerse cargo de sí mismo en la cotidianeidad del trato con el mundo. Así, pulir unos versos, trabajar la tierra, limpiar la alberca, cuidar el huerto vienen a ser la misma labor:

Yo conozco la tierra que labré:
igual en todas partes. Yo la traje
toda de junto al río. Es
la misma tierra
con agua igual
[…]
Me arrodillo a regar
y escribir con el agua.
[…]
No procuro entender
ni explicarme el prodigio.
………
Me llega el alba. Estoy
puliendo un verso.

Ya
no sé
si este brillo que veo
es de sol que remonta
o es de palabra.

                No procuro entender / ni explicarme el prodigio. Bien está: el poeta tiene ese derecho. Pero el crítico, siquiera sea de afición, tiene el deber, precisamente, de explicar el “prodigio”. En este caso, dar cuenta de la naturaleza del mester del poeta. Para ello convienen otros prejuicios en forma de etiquetas y clasificaciones literarias. Pero no hace al caso pues  no domino la jerga y además no me parece necesaria: con matices y escuelas circunstanciales, más o menos afortunadas, la única práctica poética posible en nuestra “contemporaneidad”, ya tan larga, es la simbolista. En un mundo que ha convertido la pregunta lyotardiana “para qué sirve” en LA pregunta, en el que, desaparecida definitivamente cualquier comunidad de significados simbólicos y ante la evidente abdicación de la razón para dar cuenta de la realidad, en un mundo de individuos atomizados y perplejos, sólo la indagación por el sentido puede sustentar la labor poética. Al menos en aquella poesía que se concibe a sí misma con algo de cordura. Difícilmente puede explicarse mejor que aquí:

                                   UN ERMITAÑO

Si procuro vivir,
si me esfuerzo en saberme y ser vivido,
y he abierto las ventanas
a las cuatro estaciones,
y he dado de beber a la serpiente;

si casi siempre intento la mesura,
la palabra en su fiel y la plomada
quieta en su descender;

el trabajo completo,
la franqueza,

y busco el agua fresca, y busco el pan
y el sueño
y el ocaso y la aurora con paciencia,

y procuro estar limpio
y canto
y lloro,

¿qué me quieres decir con tanta nieve?

Una vez desaparecidos la gramática de una simbología comunitaria (en la remota poesía popular) y el intento, con fecha de caducidad, de racionalizar silogísticamente los versos, desde hace ya casi un par de siglos es al poeta buscador de significados a quien compete la construcción de la realidad. “¿Qué me quieres decir”, esto es, “¿qué significa?”, es la pregunta poética pertinente.
El hombre común ve la realidad de acuerdo a dos parámetros: cuál es el valor de uso de esta cosa, cuál es su valor de cambio. El poeta no acata esta medida y acude a una correspondance más real, si se quiere más esencial: qué significa esto. Lo que realiza las cosas, lo que las convierte en reales, no es su uso o su precio sino su cualidad de signo. El simbolismo es, de hecho, lo que Husserl llamaba una suspensión del juicio de realidad sobre las cosas, un intento de ir “a las cosas mismas”, a su esencia en tanto que signo: una alberca sirve para contener agua y bañarse en ella y sirve también para regar y cuesta tanto trabajo hacerla y ese trabajo se puede medir en un salario. Pero una alberca es aquello que simboliza. La suspensión del juicio sobre la realidad de las cosas supone el trabajo de limpiarlas de las adherencias del uso cotidiano (mediante técnica y esfuerzo y oficio) para rescatarlas de la sintaxis del mundo a la busca de su esencia. Pero eso, en última instancia (Claudio Rodríguez lo sabía) es un don, viene del cielo.
He aquí que necesitamos al poeta para que dote de realidad a lo que sólo tiene utilidad o precio. El poeta necesario es aquel que nos redime de nuestra condición a-sígnica. Y creo que Agustín Pérez Leal pertenece a esa raza, cuyo trabajo (de poeta, labrador, ermitaño, paseante) sobre los nombres del mundo ilumina las cosas, desvela, como quiere la palabra griega aletheia, su ser.
Y sin embargo… el prodigio permanece. Porque no es lo mismo mirar cómo la oscuridad de la lluvia y las nubes dan paso al rojizo atardecer y “desvelar” ese hecho como

                        Ahora escampa: se abre
el cielo, una granada en desazón.

No es lo mismo, digo, que contemplar el sol poniente y motejarlo de “espléndida joroba de la tarde”, como leí hace tiempo en un “poeta”. Hay poetas y poetas, por supuesto, pero quiero pensar que el genio personal tiene también algo que ver con la disposición a aceptar ese don que viene del cielo:

                                   a lo oscuro me vengo a abandonar.
………
Vengan a ella el frío boreal,
el huracán de múrice, la brisa
vespertina o el implacable fuego,

            A lo oscuro me vengo a abandonar… En las primeras líneas de esta reseña comenté, de pasada, el fondo cristiano de la simbología de La noche en arras, una tierra, me parece, propicia para acoger el don de desvelar lo real, no sujeta a ortodoxias y códigos sino a cierto misticismo cordial:

                               El corazón es uno de esos pájaros
que ocultan con sus trinos el pinar.
Sólo uno más.
………
En mis pulmones llenos de raíces
anida el petirrojo cada año.
Canto, y se canta él solo;
me oyes y le escuchas trajinar.
………
algún día
avena loca voy
a ser, que el labrador
con infinitos
cuidados y en silencio
arranca de raíz.

            Es esa disposición del alma la que da cobijo al genio:

Es tiempo de ara y tiempo de cosecha:
los objetos me apoyan
y las cosas se ponen de mi parte.

            Sería prolijo (y no me siento competente para ello) ahondar en los referentes éticos y estéticos a quienes explícitamente se acoge el poeta (Margarita Porete, Simone Weil, Mark Rothko, Juan Taulero, Rainer Maria Rilke,  Ósip Mandelshtam), pero la interpretación que aquí se da de los versos de Agustín Pérez Leal creo que no los contradice: una mirada benevolente sobre el mundo, capaz de desvelar la esencia de las cosas, sólo es posible desde un alma que admite, que se entrega, a la magnífica sentencia:

                                   lo que sacia es la voz
derramada, gustada
— aquí habla sola Amor —
y hecha palabra.
                              


[1] Agustín Pérez Leal (Teruel, 1965) es licenciado en Filología por la Universidad de Zaragoza. Reside en Alicante, donde da clases en un Instituto de Secundaria. Ha publicado en Pre-Textos: Cuarto Cuaderno o Libro de Siberia (2001) y La Noche en Arras (2006), Premio internacional de poesía “Gerardo Diego”. Colabora a menudo con reseñas sobre poesía en la revista Turia, de Teruel. Poemas suyos figuran en las antologías Orfeo XXI (Gijón, Libros del Pexe, 2005), Jóvenes poetas españoles (México D.F, La Jornada, 2007), La geometría y el ensueño (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013) y Vida callada (Valencia, Pre-Textos, 2013).

dimecres, 13 de novembre del 2013

Apacentarse de viento



Entonces miré cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve, y vi que todo era vanidad y apacentarse de viento y que no hay provecho alguno bajo el sol.
Eclesiastés 2-11


De las malhadadas oposiciones de 1991 surgió el Colectivo de Opositores a la Enseñanza Pública de la Comunidad Valenciana, más conocido entre los (relativamente) más viejos del lugar como el COEP. Este colectivo (no sé si llegó a constituirse en sindicato) agrupaba a los compañeros y compañeras que salieron perjudicados en el (decir kafkiano es poco) rocambolesco y descerebrado proceso selectivo de aquel año. Pues bien, algunos años después, en 1995, el Partido Popular ganaba las elecciones aquí donde vivimos. Y aquí siguen. Que qué tiene que ver una cosa con la otra. Algo habría, porque un dirigente del COEP me comentó por aquellas fechas que el PP había ido colectivo a colectivo, grupo a grupo, casi persona a persona, sumando las voluntades (y luego los votos) de todos los agraviados por el gobernante Partido Socialista lermiano y de todos los císcares. De hecho me comentó que al día siguiente de las elecciones apareció una pintada en la tapia de la Consellería de Educación que aludía al hecho: “ajo y agua”. Bueno, diría otra cosa, claro, pero el sentido era ése. El problema de los opositores rebaremados y recontrabaremados se solucionó y aquí paz y después gloria.
Ahora que, a lo que parece, el PP no ganará las próximas elecciones autonómicas ni con recomendación del CIS y que seremos felizmente gobernados por el tripartito progresista sería conveniente sentarse y repasar, así, con lápiz de dos colores y papel corriente, las reivindicaciones, agravios y vejámenes de cada cenáculo ciudadano agraviado, vejado y reivindicante.
Volvamos al profesorado. Desde el año 2010 dicen los que saben de estas cosas que los enseñantes han perdido en torno al 30% de su poder adquisitivo. Mucha rebaja de sueldo es esa. Si además consideramos que a la rebaja salarial, las sucesivas congelaciones, la pérdida del complemento por sexenios, la pérdida de alguna paga extra, se suma el aumento de ratio en las aulas, el aumento de horas lectivas y complementarias (sin olvidar la pérdida de sueldo por bajas laborales en un colectivo sin enfermedades profesionales reconocidas y el aumento de actividades en julio) tenemos que no sólo se cobra menos por trabajar lo mismo sino que se cobra bastante menos por trabajar bastante más.
La precaria, proletaroide y depauperada situación de los enseñantes, sin embargo, ocupa el penúltimo…  (¡Que va! El último… Qué digo el último, ni existe…) lugar en las reivindicaciones que han movilizado a las masas implicadas en el proceso de enseñanza-aprendizaje en estos últimos años. El profesorado se ha movilizado y ha llevado a cabo varias huelgas (con lo cual ha perdido más poder adquisitivo) de manera recurrente por la “calidad de la enseñanza” (que está muy bien): por las becas de libros, transporte y comedor de los alumnos, por la ley Wert, por la pérdida de la asignatura de Educación para la ciudadanía, por el carácter computable de la asignatura de Religión, por las subvenciones a los centros que separan a niños y niñas, por el cambio en el modelo lingüístico… Por todo, menos por lo que da de comer a su familia. Por la dignidad de la escuela pública pero no por la dignidad de su salario y su trabajo, que queda relegado a un subapartado de allá a lo lejos de la tabla reivindicativa… compañeros y compañeras.
Me parece que, ya que jaleamos las camisetas, los estriptis, los desplantes, las “verdades como puños” y toda la mandanga de la izquierda espectacular que nos ha de gobernar de aquí a nada, sería cuestión de que los sindicatos de enseñantes se sentasen con los que mandan en cada (tri)partido y les dijeran que muy bien, que encantados con su actuación… pero que pongan negro sobre blanco qué piensan hacer para devolver al profesorado (que tanto les aplaude y tanto les quiere) lo que les ha robado el gobierno vigente en descenso de salario y aumento de trabajo. Porque si al final de la película toda la dignidad de la enseñanza se va a quedar en mantener los programas lingüísticos, en la educación para la ciudadanía y toda la polla, si toda va a ser vanidad y apacentarse de viento que lo digan ahora y así se ahorra uno tener que cagarse después en el puto morro de su candidato o candidata progresista.