diumenge, 11 d’octubre del 2009

Sweet sixteen


Sweet sixteen
Deia el filòsof Julián Marías que els pitjors mals socials del segle XX (corregits i augmentats en el XXI) són la generalització del consum de drogues, el terrorisme com a instrument de lluita política i l'acceptació social de l'avortament. L'inventari (per escàs) és molt discutible però entenc que matances, fams, guerres, intolerància, explotació i tota la resta de maldats que, com a éssers vius-humans, ens infligim uns a altres amb singular obstinació són xacres de tots els segles. El segle XX (i el XXI) hauria aportat aquests nous fenòmens a la cultura de la mort.
Conscients del problema (dels problemes) l'estat i la societat civil prevenen els joves dels perills del consum de psicotròpics i estupefaents. Bé és veritat que alguns ajuntaments no només comprenen sinó que fomenten la pràctica del botellot i la tolerància progre respecte al cànnabis és proverbial. Hem de sofrir-lo amb paciència i pensar que la collita de dirigents polítics cantamañanas no s'acaba mai.
La qüestió del terrorisme és diferent. Ahí tot el món està d'acord (i jo també) que és una cosa molt dolenta. Ara que, ja ho deia un personatge de la pel·lícula Platoon, les excuses són com el cul: tothom en té una. I segons aquesta regla, no és estrany llegir, i fins i tot sentir raonaments que distingeixen entre terroristes bons (que no són terroristes sinó que practiquen la "lluita armada defensiva", mira tu per on) i terroristes dolents que són "els altres". Això: els dolents. Es tracta del mateix, d'una llorigada de chiribainas com el cantamañanas d’abans.

Pel que fa a l’avortament… això és una altra cosa. Ací l'acord de principi i la hipocresia com a pràctica ("estic contra les drogues però unes ratlletes de coca el cap de semana…!") no funciona. En la qüestió de l'avortament el discurs ha canviat radicalment. Fa vint anys pràcticament tot el món considerava l'avortament com un problema i la discussió es centrava en buscar solucions. Ara, per a molts, l'avortament no és un problema sinó una solució. En aquestes pàgines (pantalles?) ja me n’he ocupat en diverses ocasions del tema i no és qüestió de repetir-se. Però és necessari no deixar de donar arguments davant allò que no són sinó consignes ("dret de la dona", "hipocresia de l'Església") quan no monstruoses necieses, com aquesta que la condició de "ser humà" a partir de "ser viu" s'adquireix per dret d'antiguitat de tretze setmanes de gestació. Que dic jo que caldria vigilar per si els éssers vius en procés de gestació d'altres espècies va i es converteixen en éssers humans.

Mentrestant, els nostres joves reben missatges contradictoris sobre l'alcohol i les drogues, missatges contradictoris sobre la violència política... i un missatge clar, redundant, obsessiu, per part de l'agitprop governamental: passa dels teus pares, que no són guais, col·lega, que per avortar i posar-se mamelles amb tenir setze anys ja va bé la cosa. I que ningú no es pose chulito que per a la pròxima legislatura rebaixarem l'edat de vot també als setze.

No sé si estaré donant idees... Temps al temps.

divendres, 18 de setembre del 2009

Sobre el malestar del profesorado (fragmento de un informe académico)


Com al barri dels blogaires abunden els professors i professores, i aprofitant que comença un nou curs, vull sotmetre a la vostra consideració un altre fragment d'un informe acadèmic que vaig escriure ja fa un temps. Està en castellà com va ser escrit originalment. Espere que (encara que és una mica llarg) feu alguns comentaris.



“La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente comprender siquiera”.

A. Machado

[...] Un análisis de esta angustia, de este malestar, debe partir de la evidentemente escasa consideración social del profesorado. Suponemos que los ejemplos serán legión pero basten algunos que entendemos suficientemente autorizados y que se concretan en juicios negativos sobre los profesores. Así, el antropólogo cultural norteamericano Marvin Harris se pregunta “¿Cuántos miles de millones de dólares se despilfarran pagando a maestros deficientes que, o no se preocupan, o no saben cómo lograr que sus lecciones sean fructíferas? ¿Quién puede fijar el precio del daño psicológico y social que suponen los perjuicios catastróficos que causan nuestras escuelas y facultades, burocráticas e impersonales[1]?” Más cercano a nosotros, Gonzalo Anaya pone en duda la capacidad pedagógica del profesorado: “Su función, por ser un experto en pedagogía, al menos como tal está considerado aunque sus realizaciones pedagógicas dejen mucho que desear[2].” Y aun la prensa diaria se hace eco de nuestra presunta incompetencia: “Lo que los alumnos necesitan aprender hoy en día no es, en muchos aspectos, lo que los profesores están en condiciones de enseñar[3].”
Son tres noticias dispersas pero representativas de un estado de opinión que repercute en la psicología del docente hasta el punto de traducirse en diversas patologías[4].
Una primera reacción (legítima) ante juicios tan adversos es el grito vindicativo que reclama reconocimiento: ¡nosotros realizamos una importantísima función social! Otra reacción (quizás menos legítima) es el cinismo, el nihilismo desesperado, la ironía, el sarcasmo, que pretendiendo inteligencia no son sino muestras de impotencia y aceptación de la derrota. Entre una y otra postura conviene analizar por qué reclamamos el reconocimiento social, por qué podemos llegar a ser cínicos y nihilistas. Derrotados.
En principio, la falta de consideración social del profesorado no puede sino producir perplejidad ¿Cómo es posible que siendo la educación una demanda social de tantísima importancia, un factor imprescindible de socialización, los principales agentes del proceso educativo puedan ser denostados a veces hasta la más extrema vulgaridad?: tienen demasiadas vacaciones, no trabajan nada, cobran demasiado (?), son unos vagos... Expresiones de este jaez las oímos a diario
Se trata de críticas impensables en otros colectivos de profesionales. Abogados, jueces, arquitectos, notarios… Puede haber un sordo rumor de resentimiento hacia ellos, pero nunca la descarada animadversión con que se contempla al profesor, al que se considera un privilegiado sin mérito alguno en el que sustentar sus presuntos privilegios.
Los profesores son unos privilegiados. Esta acusación no puede venir sino de aquellos que considerándose iguales en mérito observan una inmerecida preeminencia salarial, de ocio y tiempo libre o de calidad de vida: un obrero industrial no cuestiona el estatus del ingeniero, un albañil no cuestiona la actividad del arquitecto pero ante el profesor de sus hijos percibe la injusticia de la igualdad vulnerada. Una igualdad proletaria ampliamente reconocida e incluso, en algún momento, conscientemente buscada. Los sindicatos de enseñantes nos atribuyen el título de “trabajadores de la enseñanza” e insisten en el carácter de “asalariado” como definitorio de nuestra posición social, de nuestro ser de clase.
[…] Parece haber un consenso bastante amplio sobre el proceso de proletarización de los enseñantes. Proletarización que a nuestro juicio no viene dada por el simple hecho de cobrar un sueldo a fin de mes sino por la relación idéntica que el proletario industrial moderno establece con su trabajo y la que el profesor establece con el suyo. A primera vista esta afirmación escandalizaría a los proletarios stricto sensu y aun a los profesores, pero si intentamos despejar la opaca organización del sistema educativo hemos de concluir con Marvin Harris en que lo que caracteriza a la sociedad postindustrial (la nuestra) es la introducción en ámbitos en principio ajenos a ella de formas organizativas propias de la industria moderna. La división del trabajo, la fragmentación del proceso productivo en tareas simples, mecánicas, que eran características de la producción fabril han entrado en el sistema educativo produciendo un “ser social” similar al que produce la industria. El profesor no es proletario por el hecho de vender su fuerza de trabajo a un patrón, lo es porque los efectos del sistema en el que se inserta su actividad sobre su conciencia son idénticos a los que produce en la conciencia del proletario el sistema productivo capitalista: “Las tareas sencillas, monótonas, rutinarias y repetitivas que se realizan en las oficinas, las escuelas o los hospitales producen el mismo efecto en la psicología del trabajador que las tareas sencillas, monótonas, rutinarias y repetitivas que se llevan a cabo en las fábricas. En ambos casos, los trabajadores se alienan, se aburren y se desinteresan del producto. [...] En realidad, la alienación puede tener consecuencias mucho más graves cuando aflige a ciertas clases de trabajadores de servicios e información que cuando afecta a los obreros industriales[5].”
[…] El concepto de “alienación” como categoría sociológica es difícil de determinar. Y quizás no podamos recurrir a una noción precisa de “persona” que se desfigura en el trabajo alienado, pero sí podemos partir de la autoconciencia, de la autoimagen del profesor, de cómo éste se ve a sí mismo en el mundo y en su labor y cómo la realidad productiva en que se inserta desfigura esta autoimagen. Se entiende aquí alienación, por lo tanto, como la distancia entre lo que el profesor pretende ser y aquello en lo que el sistema educativo le convierte. Es pretencioso afirmar que se conoce lo que el profesor quiere ser, pero consideramos que no anda lejos de la verdad el poema de Gerardo Diego Brindis:

[...]
Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos.
[...]
Y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y del Dante y de Shakespeare, y de Moratín (hijo)
y de pluscuamperfectos y de participios
[...]
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos, él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
[...]
Brindemos por ese niño,
[...]
por que mis dedos rígidos
acierten a moldear su espíritu
[...]
y por que este mi discípulo,
que inmortalizará mi nombre y mi apellido,
... sea el hijo,
el hijo
de uno de vosotros, amigos.

El profesor se concibe a sí mismo, en tanto que profesional y en tanto que persona, como un ser en relación con el otro, con los chicos (“torpes y listos, dóciles y ariscos”) y establece una relación privilegiada, persona a persona, sujeto a sujeto, con “un verdadero discípulo”. En esta relación de artesano, de alfarero, similar a la de Dios con el hombre, el profesor “moldeará su alma de niño”. Se trata de una relación de hacerse recíprocamente (“le haré hacerse”) en la que el profesor accede a su propia realidad (“inmortalizará mi nombre y mi apellido”). Asistimos aquí con más claridad y belleza que en los Manuscritos de Marx a la descripción de un trabajo no alienante, en el que el ser humano se realiza (se hace real, se reconoce) en el producto que sale de sus manos, al que considera propio (“tendré un discípulo”) y acabado, distinto de sí mismo (“distinto de mí y de todos, él mismo”). Si es posible establecer una analogía entre la labor docente y el trabajo como producción de valores de uso, ello sólo es posible desde una acepción premoderna, artesanal. El artesano que posee sus medios de producción (¡Y qué medios!: Dante, Sakespeare, pluscuamperfectos, participios...) es capaz de crear “un alma, un espíritu”. El objeto producido es único (“distinto de mí y de todos”) y no aparece como enfrentado ni ajeno a su productor (“me guardará respeto y cariño”). La enseñanza tiene como misión la creación de personas en tanto que valores de uso social (“almas, espíritus”). El gran cambio, terrorífico, es que la enseñanza tiene como función la producción de recursos humanos en tanto que valores de cambio de apropiación individual.
Atentos a los versos de Gerardo Diego hemos obviado el comentario de los mecanismo industriales que invaden el ámbito de la educación. Se viene a la mente la cadena de montaje Taylorista-Fordista pero la cosa no es tan sencilla. Los métodos industriales han penetrado en nuestra casa bajo el fetichismo de la programación. El currículo (la planificación industrial) es el conjunto de objetivos (previsiones de producción), contenidos (instrumentos de producción), criterios metodológicos (organización de la producción) y criterios de evaluación (comprobación de la consecución de las previsiones de producción). A su vez los contenidos son procedimentales, actitudinales y conceptuales y en la evaluación distinguimos entre criterios e instrumentos. Es decir, toda una serie de fragmentaciones del proceso educativo en tareas mecánicas similar a la que se produce en la cadena de montaje. La traducción de la nomenclatura de nuestro sistema educativo a nociones fabriles puede parecer exagerada, caricaturesca, pero pone de manifiesto algo que nos parece evidente: la sustitución del protagonismo de la relación maestro-alumno en el proceso de enseñanza-aprendizaje, por la primacía de ese proceso mismo en abstracto, en el que el maestro queda reducido a mero gestor de la programación (programación en tanto que contrato explícito) y el alumno a materia prima. Proceso autónomo que no sólo anula a los sujetos en él intervinientes sino que se enfrenta a éstos como algo ajeno y hostil y en el que el profesor se inserta de igual manera que el obrero en la fábrica: como un accesorio de la máquina.
Autonomía del proceso respecto al sujeto. Ésta es una de las principales fuentes de alienación en las sociedades modernas de la que cabe hablar: el conjunto de normas que rigen nuestra actividad educativa es prácticamente inabarcable. Leyes, decretos, órdenes, resoluciones, instrucciones, acechan desde el exterior de los centros mientras que desde el interior un mar de siglas y organismos descomponen el mundo de la vida educativa hasta sus últimos detalles: PEC, PCC, PCA, PAT, PNL, RRI, CCP, PDC, PACG, PROA, PASE; claustros, consejos escolares (con sus correspondientes comisiones), departamentos didácticos, departamento de orientación, departamento de actividades extraescolares y complementarias, equipos directivos...
Jurgen Habermas, en su obra Teoría de la acción comunicativa mantiene que uno de los síntomas de la colonización del mundo de la vida por parte del sistema es la judicialización de ámbitos como la familia o la educación: “La socialización escolar queda descompuesta en un mosaico de actos administrativos impugnables. [...] Esto tiene que representar una amenaza para la libertad pedagógica y para la iniciativa del profesor. La compulsión a un aseguramiento casi judicial de las calificaciones y la superreglamentación de los curricula conducen a fenómenos como la despersonalización, la inhibición de las innovaciones, la supresión de la responsabilidad, el inmovilismo, etc.[7]” Consideramos acertado este diagnóstico a la vista del cúmulo de normas imposible de abarcar en su totalidad que rigen nuestra labor y que eternizan los claustros con una casuística judicial agotadora sobre las funciones del profesor: ¿se puede expulsar a un alumno de clase?, ¿es función del profesor de guardia acompañar a un alumno accidentado a su casa?, ¿es un profesor responsable de que un alumno abandone el instituto durante el horario lectivo?[8]
La noción habermasiana de colonización del mundo de la vida por parte del sistema es equivalente a la idea de Harris de introducción de métodos fabriles en ámbitos ajenos a la industria y todo ello una extensión de la idea weberiana de racionalización y desencantamiento del mundo que a su vez nos conduce al concepto de alienación y cosificación (Marx, Lukacs). Y no es necesario acudir sino a un ejemplo mínimo, cotidiano: Según Lukacs “a consecuencia de la racionalización del proceso del trabajo, las propiedades y las peculiaridades humanas del trabajador se presentan cada vez más como meras fuentes de error respecto al funcionamiento racional [...] Y así habrá que decir no ya que una hora de trabajo de un hombre equivale a una hora de otro hombre, sino que un hombre durante una hora vale tanto como otro hombre durante una hora[9]”. En la vida diaria de los institutos poco importa la ausencia de un profesor (debidamente justificada mediante el correspondiente repertorio de situaciones y los impresos necesarios) siempre y cuando otro profesor le sustituya en el aula[10]. La idea de profesor-sustituto es algo impensable en el esquema de pensamiento que subyace al poema de Gerardo Diego. Si es verdad que, “como ya decía Platón hace 2.500 años, en el principio de toda adquisición de saber está el eros: el amor por el objeto enseñado que exige una relación afectiva específica entre el profesor y el alumno[11]”, ¿quién podrá sustituir a Platón? Sólo la autonomía del proceso permite concebir la figura del profesor-sustituto que hace abstracción de todas aquellas características individuales, personales (“mi nombre y mi apellido”) de un enseñante y reducen su ser a su capacidad de gestión de la programación cuando no a su capacidad para mantener el orden.
Hablábamos de malestar y de sus causas. ¿Qué causa primera más sólida que pretender liberar a nuestros alumnos de la caverna cuando nosotros somos prisioneros de la jaula de hierro de la racionalización industrial y burocrática?



[1] Harris, Marvin: La cultura norteamericana contemporánea. Una visión antropológica. Págs. 54-55. Alianza. Madrid, 1992.
[2] Anaya, Gonzalo: Qué otra escuela. Análisis para una práctica. Pág. 171. Akal. Madrid, 1983.
[3] “El nivel de los alumnos”. Editorial de EL PAÍS, 7 de diciembre de 2001.
[4] “Son numerosas las publicaciones [...] que hacen referencia al tema [...] destacando el elevado número de profesores que padecen trastornos de tipo psíquico que les obliga a separarse temporalmente de su ejercicio profesional. En un caso todavía más extremo se subraya que el número de suicidios que se producen entre individuos cuya profesión es la docencia es significativamente superior al que se produce entre los sujetos de otras profesiones.” Genovard, Cándido y Gotzens, Concepción: Psicología de la instrucción. Pág. 84. Aula XXI/Santillana. Madrid, 1997. También, Rotger, Joseph M. (coord.) Sociologia de l’Educació. Pág. 294. Universitat de Barcelona. Barcelona, 1990: “La Oficina Internacional del Trabajo ha denunciado la situación de los profesores que en el mundo entero [...] padecen enfermedad, cuyos síntomas son el agotamiento, la frustración, el nerviosismo, que se traducen en el plano psicosomático en trastornos circulatorios, digestivos y motores”. (Traducido del catalán).
[5] Harris, Marvín: Op. Cit. Págs. 52-54.
[7] Habermas, Jurgen: Teoría de la acción comunicativa. T. II. Págs. 525-526. Taurus. Madrid, 1992.
[8] Este tipo de labores (guardias, control de faltas, vigilancia, mantenimiento del orden) en principio marginales a la función principal, educativa, del profesor, se han convertido, de hecho, en la principal de sus tareas. Sin miedo a exagerar podemos decir que un profesor es alguien que vigila constantemente a los alumnos y que, en ocasiones, imparte clase.
[9]Lukacs, Georg. Op. Cit. Págs. 14-15.
[10] Se está generalizando la práctica de prever material de trabajo para casos de ausencia. De esta forma el profesor de guardia (de Matemáticas) puede controlar el orden mientras los alumnos realizan ejercicios de Lengua. Por reducción al absurdo sería posible una combinatoria de sustituciones sin que la institución notase ninguna disfunción.
[11] Michea, Jean-Claude:“La escuela del capitalismo total”, en Le monde diplomatique. Edición española. Núm.75, enero de 2002

dilluns, 17 d’agost del 2009

La conjuració de les metàfores V


S'acaba l'estiu i aquesta crítica no s'acaba mai i el meu interés primer era criticar els articles "Per què anem als cementeris" i "Tu hauries de creure" però el fat m'ha guiat per un altre camí. Que hi farem!


“Hablar en cristiano” és un text amb carácter climàtic. Val a dir, la intensitat de la indignació del jo auctorial envers el tu va in crescendo cap al final de l’article. Aquest comença amb “no em digues ‘háblame en cristiano’” i acaba dient “no goses de tornar-me a dir ‘hablame en cristiano’!” , mentre que al tram final trobem la següent gradació ascendent: “ni tan sols et retrac…”, “allò que et recrimine…”, “per culpa teua”, “això no t’ho perdone.” Els últims paràgrafs dibuixen, per tant, un “tu3” absolutament antagònic i molt difícil d’identificar amb un tipus social definit. Potser estem davant d’una personificació de tot el procés de diglossització del valencià des del compromís de Casp ençà? Qui és eixe tu3?, Germana de Foix?, Felip V?, Franco? Ves i busca. Més aviat sembla una apòstrofe dirigida al conjunt de circumstàncies histórico-político-legislatives que han condicionat el desenvolupament vital de l’autor, la construcción del seu “jo” on la component lingüística i la vocació literària hi juguen un paper determinant: “…no és la meua llengua i en ella no sóc jo”, “m’has privat durant anys i anys de la possibilitat d’expressar-me, de ser jo.”: scribo meam linguam ergo sum.
És comprensible la inquina de l’autor, doncs eixe “tu” esdevé un mecanisme d’alienació. No ser “jo” n’és dur una existència inautèntica, estar habitat per un altre, posseït, alienat. Ara bé, tot depén de quina siga la font del “jo”. Supose que hom és en tant que relligat a una font del ser. Tradicionalment aquesta Font n’és Déu i som en tant que fills de Déu mitjantçant el lligam de la Gràcia. L’enemic que ens fa perdre la Gràcia de Déu (el pecat) n’és una forma d’alienació. El pecat ens deslliga de l’ésser autèntic i el pecat més gran, imperdonable, és la blasfèmia contra l’Esperit Sant. Després de la mort de Déu la fauna humana ha buscat altres fonts de l’ésser personal: hom és en tant que nus d’un conjunt de relacions socials determinades històricament cap al progrés material i moral de la humanitat. Prendre conciència d’aquest procés determina el nostre ésser. Història-consciència (de classe)-persona, n’és una proposta d’adquisició del “jo” on poden interferir diversos factors d'alienació. També podem negar qualsevol font del ser i caure en la consciència desgraciada de la nostra existència inexplicable al costat del No Res al que són destinats inexorablement. Fins i tot podem decidir-nos per l’anòmia bastarda de les masses que es maten per ser masses en una celebració esportiva o al funeral de lady Di. Tobies opta (com diu Kyrby York) per la solució romàntica de ser en tant que poble: “seràs, per a sempre, poble […] tu seràs la paraula viva […] allò que val és la consciència de no ser res si no s’és poble.” (V.A. Estellés) Poble (casa, nació)-llengua-jo. Bé, n’és una possibilitat.
Vull remarcar-lo: una opció, dins la pluralitat axiológica del món postmodern etc., etc. El mateix Tobies Grimaltos ho diu al pròleg d’Idees i paraules: “si tractem qualsevol assumpte humà, […] dir la completa veritat és impossible […] cal adoptar una perspectiva […] Què és el que fixa el focus? Obviament la nostra –la meua- idiosincràsia: la meua manera de sentir i de pensar, les meues preocupacions, els meus coneixements i les meues lectures.”
Obviament. Tanmateix també és obvi que no tots els focus, totes les perspectives, permeten obtindre el mateix grau de veritat i com diu Tobies “jo crec en la veritat” (curiosament aquesta creença no pot esdevindre coneixement doncs incorreria en circularitat tot considerant que el coneixement n’és creença vertadera i justificada… però aquesta és una altra història. Centrem-nos). Si aceptem que en el tractament dels assumptes humans és necessària (epistemològicament necessària) l’adopció d’una perspectiva personal, i aceptem que aquesta sempre será una “vista parcial”, cal investigar el grau de desviació desde la “veritat” fins a la “parcialitat”. Com que no podem partir d’un coneixement directe de la veritat haurem de considerar les deficiències (ço és, les contradiccions internes) del focus.
És a dir, investigar si “ser de poble i parlar valencià”, com a sustància ontológica del “jo”, és un punt de vista adient per a contemplar el món i la pròpia persona.

dimecres, 12 d’agost del 2009

La conjuració de les metàfores IV

On es refereixen històries amables molt profitoses per al bon regiment de la nostra vida comuna i segueix la crítica del discurs "Hablar en Cristiano."


A banda del lumpenproletariat (social o intelectual, uniformat militar o civilment) amb tendències autoritàries congènites, poca gent exigeix amb mala bava que li parlem cristianament. Pense que la majoria del veinatge amb competència parcial en valencià demana disculpes per no entendre algunes paraules, sol.licita que anem espai al parlar i fins i tot s’avergonyeix de no poder mantindre la conversació en la mateixa llengua de l’interlocutor. Aquesta gent conforma un grup que a l’article de Tobies ve assenyalat[1] amb alló que podrien dir “tu2”: “Perquè sé que no m’entens, et parlaré en la teua llengua. Però no abuses i no em demanes sempre aquest esforç. A les visites se les atén amb tota cortesia i no se’ls deixa llevar taula. Però si es queden, aleshores han d’acostumar-se a la quotidianitat i col.laborar-hi. No voldràs que continue llevant taula sempre jo!”
Potser aquest passatge és el que més m’ha cridat l’atenció. De fet n’és el que ha motivat aquesta retafila de comentaris, doncs l’exemple metafòric que acompanya les dues primeres oracions em sembla desafortunat i no reforça sinò que enterboleix el raonament, tot considerant que les persones que n’han vingut al País (deixem a banda els turistes) no hi són de visita: han vingut per a quedar-se. No són visites. Són veïns. I, de fet, la seua ocupació principal no només és llevar taula, sinó també parar-la, i escurar, i fer els llits, i agranar… I patir també lingüísticament, que ningú té el monopoli del sofriment per causa de la llengua.
Com diria Sofia Petrillo: Barcelona, mitjans dels anys cinquanta del segle passat. Ma mare (la meua, no la de Sofia Petrillo), treballava de minyona (que diuen allà al nord) a casa d’una dona de la petita burgesia catalana (la senyora Quimeta). Aquesta li va dir un dia que netejara la finestra. Com que ma mare no s’atreviria mai a dir-li a ningú que li “hable en cristiano” i menys encara a la “señora” es va cuidar molt de preguntar i va tractar de deduir-ne el significat d’aquella paraula estranya. Va concloure que la “finestra” hauria de ser alguna cosa molt “fina” com ara una figureta de porcellana. Però no va trobar-ne cap a l’habitació que estaba netejant i, a la fi, va baixar a la botiga de la senyora Quimeta i li va dir que no trobava la finestra encara que havia escorcollat fins i tot baix del llit. Tots els circumstants van esclatar en rialles i ma mare, afrontada, sense saber de què reien es ficà a plorar.
No és cert, com diu Tobies a “Ser de poble i parlar valencià”, que “els de pobles castellanoparlants […] tenien una possessió que els de la ciutat respectaven i anhelaven: la llengua castellana. Els valencianoparlants eren doblement de poble, o eren els únics de poble”. No és cert perquè els que veníem de fora (per favor, no em digues que de visita!) tampoc no eren posseïdors de la “llengua castellana” sinò, com a molt, d’un “castellano mal hablao”, mentre que a València, segons la xicoteta burgesia coenta de la ciutat, es parlava “castellano, mejor que en ninguna parte de España”. L'infra-burgesia de la ciutat, intelectualment indigent, identitàriament destroçada, no volia el castellà en tant que llengua sinò en tant que signe de distinció propi de la burgesia de de veres… Com també el proletariat andalús: un oncle meu em va demanar (com a estudiant de “cosas de letras” i co-propietari de la “Lengua”) que li ensenyara a parlar bé el castellà (a ell que tenia un vocabulari molt més ric que no jo!) perquè a la fàbrica l’habien fet encarregat i havia de parlar amb freqüència amb els caps… que venien de Catalunya i d’Alcoi i parlavem un castellà velaritzat i sonoritzat que esmussava.
Si la gent que pertany al conjunt assenyalat amb “tu1” (ço és, els ignorants autoritaris) no poden modelar el “jo” (doncs són com una cagarrita en el camí), la gent de la classe “tu2” no pot ser objecte de refús, perquè també són els nostres i reclamen la solidaritat (de classe universal abans que de nació particular) de tots els que s’han sentit alguna volta (com diu Tobies) “condemnat durant molts anys al silenci.”
Continuarà.

[1] Nota bene: a “Hablar en cristiano” només apareix un “tu” però em sembla difícil construir un únic destinatari ideal assenyalat amb aquest deíctic, doncs conforme avancem en la lectura pareix canviar i ajustar-se a models socials diferents.

dimarts, 11 d’agost del 2009

La conjuració de les metàfores III


On continua (però no conclou) l'anàlisi del text de Tobies ("Hablar en cristiano") tot investigant a qui es refereix l'autor quan diu "tu".



Trobe que no és injust qualificar d’essencialista el tractament que fa Tobies del conflicte lingüístic valencià si considerem els termes que fa servir. Si més no, el jo que parla, immediatament identificat amb l’autor del text, la casa entesa com a nació i la llengua com a vincle d’ambdós extrems, com a aquella instància que lliga ontològicament l’individu amb el seu poble: “no és la meua llengua i en ella no sóc jo.” Arribar a tindre un jo a ser subjetivament, conscientment, més enllà de la mera objetivitat, és impossible, per a Tobies, “en una llengua que no fos la seua materna”
Ara bé entre el “jo” i la “casa” que li’n dóna identitat hi apareix un ésser pertorbador que interfereix al lligam de la llengua: el “tu” a qui, retòricament, apella el text i que, com a pervers polimorf, adquireix diverses personalitats.
El “tu” assenyala, en primer lloc, a una persona prepotent que exigeix autoritari, ignorant i monolingüe que parlem en castellà. De què conec jo a eixe bròfec? Ah, sí! N’és el caporal de la Infanteria de Marina (uniforme mimetitzat, ulleres de sol, boina negra, rellotge amb la bandereta bicolor) que a dos metres de distància va amollar “¡qué asco!” quan ens va sentir (a un xic de Barcelona i a mi) parlar en català i, incontinent, s’ens va apropar i amb ràbia va dir: “Al menos por educación, por educación (dues voltes) cuando haya alguien delante que no entienda el catalán, hablen ustedes en castellano.” Saludàrem militarment i a l’uníson cridàrem “¡a la orden de usted, mi cabo!” La qual cosa dita ens allunyarem, tot cagant-nos en la mare que l’havia parit, per a continuar la conversa. És possible una intromissió més palmària en la casa d’una persona (la conversa privada i amistosa) que aquesta? I de qui venia? D’un autoritari minúscul amb complex (motivat) d’inferioritat que buscava acollonir dos reclutes quan, de fet, bastants suboficials i oficials parlaven en valencià.
Anys després m’he tornat a trobar el caporal travestit en pare d’alumne. Havia canviat l’accent andalús per un deix de Castella-La Manxa, la boina i l’uniforme per una calba incipient, una camisa amb quasi tots els botons despassats, pantaló curt, espardenyes i la mateixa mala llet. Ara ja no hi som davant de la màquina de café del pati d’armes del Tercio de Levante (quina manera més tonta de contar la mili) sinò a l’aula multiús d’un institut i veig l’interfecte com remuga, incòmode, en la cadira; com mira al voltant buscant complicitat en els altres i com, finalment, esclata: “¡Oiga, por favor! Yo entiendo casi todo el valenciano; no lo hablo, pero… (ara ens conta la seua vida) …y muchas palabras no las entiendo, que parece más catalán que valenciano (Déu meu! ara ix el filòleg de taverna)… Así que a ver si podría hablar en castellano.” Cabotades d’aprovació emfàtica d’alguns, sospirs resignats d’uns altres i alguna veueta amb marcadíssim accent de l’Horta i comprensiva condescendència que diu… “es claro,… por educasión… si no lo antienden el valensiano…” Qué hi farem? Ara toca perdre uns quants minuts explicant-los (en castellà per a que es queden contents) que el director d’un institut té l’obligació legal de potenciar l’ús social del valencià i que si algú té alguna dificultat en la comprensió del discurs, després i personalment li ho explique tot altra volta, home. Hala! Ja podem continuar en valencià.
Potser el primer tipus és allò que Lain Entralgo defineix com a “mal bicho” i cal defugir-lo: total, tampoc n’hi ha tants. I l’altre, l’únic que vol es contar als amigatxos en el bar: “¡Qué! Que lo puse firmes al tío. Mucho director y mucha hostia pero le dije, digo, a mí me hablas tú en castellano, que ya está bien, hombre. Además que eso no era valenciano sino catalán. Que, oye, a mí el valenciano me gusta y yo también digo me cagen la mare que ta parit. Pero los maestros… con las vacaciones que tienen y lo que cobran y hablan en catalán encima. Ahora que a mí no, ¿eh? A mí o me hablan en castellano o…” I l’amic meneja el cap, fuma, beu la cervesa de la botella mateixa i després comencen a parlar de futbol.

I jo em pregunte, són tant importants aquesta gent com per a determinar allò que sóc jo? Supose que no. I supose que el “tu” a què es dirigeix Tobies ha de tindre més entitat que aquestos desgraciats.